Diario de León
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LUIS ARTIGUE
León

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COMO BIEN nos enseña la pluma pizpireta y admirable de Antonio Núñez la política siempre anda rozando el esperpento. Y ciertamente no me dirán que no parece un puro esperpento ese nuevo producto del marketing político con música animada de fiesta de pueblo, Paquito el Chocolatero al poder, por favor pónganse los candidatos a bailar un agarrado que la música es una forma de tocar, que el baile tiene tanto que ver con el tacto como con el sonido. No me pises los zapatos que me irrito. Tranquila, que yo no sé llevar el ritmo y propasarme al mismo tiempo porque pierdo la cuenta. Sí, que bailen los políticos en campaña electoral y nosotros les votaremos como en Noche de Fiesta . ¿La letra del pasodoble de Amilivia es su programa electoral? ¿Podríamos convertir por fin las elecciones municipales en un baile-vemouth? Voto por eso. Suena ese pasodoble torero igual que los viejos vinilos llenos como de arañazos de gato, y sin embargo tiene entero ese regusto cutre y memorable de cuando la charanga toca en el granero. Poromponpom poronpompero. Por fin los políticos nos muestran a su modo que sí tienen sentido del humor. ¡Bien! Ya creíamos que se lo habían extirpado en un quirófano pero no, pero saben reírse de sí mismos con nosotros. Pon más alto el volumen. Madre mía cuánto volumen. Sí, cuanto más masa -dicen- mejor se pasa. Eso. El pasodoble es un elogio de la cercanía. Del calor. Sí, que haya paridad en las listas y también números pares para que las parejas se acompasen a la música hasta perder el sentido y por ahí todo seguido pues como decía Joaquín Sabina hablando sin saberlo de política «bailar es soñar con los pies». Los laboratorios de ideas de los partidos políticos andaban últimamente perdidos en estrategias de marketing demasiado americanas -así eso de las siglas pegadizas del tipo ZP- pero ahora, qué curioso, se acaban desde el PP de lanzar al ruedo electoral marcándose un pasodoble. Y éste supone un acto de extravagante desenfado y de aire fresco entre la seriedad algo asfixiante de la política. Ya sólo por eso el pasodoble prediscotequero de Amilivia -mueve las caderas- es algo que hay que agradecer. Además sorprende agradablemente que en la letra de esa chufla electoral no hay frases hirientes ni chirigotas para el contrario sino un himno como de equipo de fútbol popular y triunfalista que, bien mirado, resulta más original que los llaveros con la foto del candidato, los mecheros con escudo del partido y demás efímeras reliquias de campaña. Sí señora; eso señora: el pasodoble nos ha animado la precampaña ahora que parece que la militancia política es un estado de cabreo permanente y unas gafas trucadas que impiden ver los matices. Por eso celebramos ese pasodoble y casi lo bailamos así, como en las fiestas de Valdevimbre en las que las asturianas bravas bajaban a bailar con nosotros cuerpo a cuerpo. Las mejillas pegadas como chalets pareados. Media vuelta. Y ole. Hay en el desenfado tanta democracia o más que en el aburrimiento verbal y en las soflamas de esos dinamiteros que hablan en cada mitin. Que combatan los partidos políticos esta vez mediante canciones -votad en los cuarenta principales- y nos dejen de promesas o mentiras que ya ni parecen verdad. Tenía que ser precisamente un pasodoble taurino el que pusiera glorioso inicio a la nueva campaña electoral que esta vez, y gracias a la música, no es ya la misma campaña repetida. Tenía que ser el PP, tan amigo del orden, la tradición y lo de siempre, el que pusiera en nuestra política municipal este bailable toque de originalidad como invitándonos a ser compasivos con sus contradicciones. Muera la sociometría electoral y viva la mala música. Haz el humor y no la guerra¿ Don Mario Amilivia: gracias por hacernos reír en medio del vendaval.

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