Diario de León
Pedro García Trapiello

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ESTÁN ufanísimos de ver a los chinos entrar en el redil de los dineros balbuceando un capitalismo sui generis con esa ley que aprobaron sobre la propiedad relativa de las cosas y los metros cuadrados. A muchos comentaristas de esta parte del mundo les enorgullece la noticia y les confirma en una verdad económica absoluta que ya no discuten ni los regímenes comunistas más picudos. El comunismo de propiedad estatal encalló siempre en vagancias, burocracia y corruptela, aunque admira que tan enormes masas descontentas no hayan cambiado aquel régimen de cosas; bien al contrario, engordó el poder estatal hasta sin Mao y ahora toda la estructura económica del país sigue bajo el control y mostrador de los mismos. Pero a quienes se alegran de ver a los chinos jugando al capital y al monopoly se les advierte que en ese alegrón y ese ufanarse llevarán su penitencia y quizás algún día tengan que dolerse y arrepentirse de darles bienvenidas efusivas a nuestra religión económica, pues no deberían olvidar que antes de esta ley existían ya en la China sesenta millones de millonarios (toda España y media más; si esto sucediera, alemanes, franceses e ingleses estarían silbando melodías y sometidos); la clase media china asciende a unos quinientos millones de gentes y los mil millones restantes imagínatelos jornaleros de lo comido por lo servido, pecheros, carrete de sumisión y miseria humana; en un censo de población como aquel, los pobres han de ser enjambre y no quiero imaginar el porcentaje de gente mala o criminal, gran bulto, mafia mandarina, zumo de naranja el que no haga reverencia, el que no acate (admira del oriental su cortesía reverenciosa, pero inquieta; cuando alguien humilla la mirada con cabezada por norma, bastantes veces es mentira; además, los chinos no miran, sospechan, dicen). Así que supongamos que ahora, con esta ley, el número de millonarios chinos crecerá cagando tariles; ¿cuántos más?; si aquí consiguen serlo los más gañanes del alfoz... Tantos millonarios juntos podrán comerse el mundo. Esto acojona. Y se me encogen los gitanales , pues cuenta alguna historia o leyenda china que existió allí la costumbre de comerse los testículos del enemigo tártaro o mongol vencido que no hubiera muerto en el campo de batalla. En fin, como para no palparse y acojonarse.

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