Diario de León
Pedro García Trapiello

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LAS MAÑANITAS de domingo cazurrete, nubes mediantes, son a la fuerza de vueltina ociosa y cascarrabiada. En provincias siempre tienen algo de odiosos los domingos (las tardes, peor) por la moribundez de trapa tirada en los bajos (comerciales) y esa languidez en los andares y miradas que se instalan en las calles, así que la cosa y lo saludable es peripatear por los derredores, caminata de alfoz para respirar saludable entre chivirrichís de verdecinos, la risa grajera de las urracas o el rasposo zureo de las tórtolas. Tempranito, parece casi todo sin desperezarse aún. La oriundez duerme y el andar no tiene encontronazos ni reojos... La quietud invita. Eso pensaba, pero a cada paso van clavándose en el cogote unas miradas de valla, miradas candidatas, frases solemnes y huecas, mensajes grandiosos. Son los restos de la campaña electoral que aún siguen erectos, plantificados en el paisaje urbano con su guirigay propagandero. ¿Por qué no los quitan de una vez, por qué no se disponen esos candidatos a una «despegada» de carteles y de toda esa basura electoral que contamina, de la misma forma que montaron su belén de fotos y piropos en las pegadas con que estrenan su camapaña?... En el pecado, sin embargo, llevan la penitencia, pues después de haber comprobado en qué lugar quedó cada cual tras hablar las urnas, el peatón que se encara con sus vallas y caretos tiene a veces un reconfortante postre de escojonación o sarcasmo, especialmente de aquellos que eligieron un muy recurrido soporte de su cartelería, los contenedores de basura (pues mira qué bien, dice alguno: están en su perfecto trono), por no hablar de los que invadieron tapias, paredones y vallados de obra donde el plisado de la chapa desfigura los carteles y deja a los interfectos con rostros distorsionados que les convierten en chiste o en monstruos de feria, amén de las injurias rotuleras que les pintarrajea la chavalería malvada. En la plaza de toros, donde alguien consiente el feismo intolerable de publicidades que irritan y matan su ya encasquetada belleza arquitectónica, siguen encaramados los cartelones de Mario Mealivia y Paco Poco; y alguno se preguntará quién es sobrero y quien cabestro en la corrida que parecen anunciar, gran corrida. Al lado, otra de esas horteras publicidades anuncia «gran mariscada»... ahivá, ahivá.

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