CORNADA DE LOBO
Son ganas
APABULLANTE notición: un profesor asturiano descubre la representación de un ídolo prehistórico en unas peñas cerca de Villasimpliz (Simpliz es hijo de Simple)... y se marca un divino rollo planteando su autenticidad y relacionándolo con esgrafiados del yacimiento arqueológico de Siega Verde y sus correspondientes portugueses de Foz Côa (librados estos últimos por pelos de estar hoy bajo las aguas de un pantano que en aquel Duero proyectaron). Nada que ver, profesor: este que usted dice es arte esquemático y aquello son caballos, toros, ciervos, chacales, garabatos y figuraciones... hasta quinientas estampas de punzón agrupadas en diecisiete «rebaños» sobre los piedros y esquistos del río Águeda, en su orilla... y del paleolítico superior, unos dieciocho mil años les echan (entonces aquí, meseta alta cazurra, no paraba ni Dios ni el Tato y esto era glaciación pura con un veranillo corto de cazadores aventurados que se largaban mediado agosto).
El supuesto ídolo prehistórico nuestro está viudo. Raro. No hay otro vestigio que amplíe o confirme el supuesto. Raro, raro... Su figura es como una cruz con un arco al pie que parecerían patas (y así será si así os parece). Raro. ¿Y por qué cree y afirma su «descubridor» que se trata de un ídolo prehistórico?... Son ganas.
Los vestigios prehistóricos en tierras leonesas son raros y desconectados: unos trazos toscos y escasos en Sésamo (ábrete), unos petroglifos maragatos de los que por ahora nadie tiene puta idea, algún rayón por ahí y poco más. Somos algo huérfanos de paleolíticos y escasos y toscos en neolíticos, qué se le va a hacer. Nada que ver con «pallá del puertu» donde el arte rupestre cantábrico está lleno de cuevas asturconas y cantabronas con bóvedas sixtinas y bisontes guapos.
El tal «ídolo» resultará ser obra de un pastor aburrido o mandao de mayoral y no es otra cosa que el hierro con el que se marcan rebaños y ganaderías de hacienda, identificación grabada a leches de punzón en estas peñas para fijar lindes o propiedad de los puertos de pastos a los que subía cada verano la marabunta merinera. Ese «ídolo» fue el hierro ganadero de una hacienda extremeña y, concretamente, del omnipotente monasterio de Guadalupe o de los monjes paúles. Pero si es por ganas, llámalo ídolo prehistórico.