LITURGIA DOMINICAL | JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Dar la vida-¦ por amor
EL EVANGELIO de este domingo continúa el anterior, con una frase lapidaria: «Nadie tiene amor más grande que el que de la vida por sus amigos». Dice san Agustín: «Él mismo nos ha dado este amor mutuo, al elegirnos sin tener fruto alguno, por no ser nosotros los que lo elegimos a él. Y nos ha puesto en condición de ir y dar fruto; es decir, de amarnos mutuamente, cosa que no podemos hacer sin él, de igual manera que el sarmiento no puede dar fruto separado de la vid. El amor es, pues, nuestro fruto que, según el Apóstol, nace de un corazón puro, de una conciencia recta y de una fe no fingida. Con este amor nos amamos unos a otros y amamos a Dios, porque nuestro amor mutuo no sería verdadero sin el amor de Dios. Se ama al prójimo como a sí mismo si se ama a Dios, porque el que no ama a Dios tampoco se ama a sí mismo. De estos dos preceptos del amor penden toda la ley y los profetas. Éste es nuestro fruto. Refiriéndose a este fruto dice: «Esto os mando, que os améis los unos a los otros». Somos cristianos, amamos a Cristo, si y sólo si amamos al prójimo como Dios nos ama en su Hijo Jesucristo. Ahí podría estar la diferencia entre el amor cristiano y todas las formas del altruismo, en ese como Dios nos ama ».
Ser cristiano es, fundamentalmente, estar dispuesto a amar. Con eso sería suficiente y maravilloso, porque si los casi 1.147 millones de católicos de los que hablan las cifras oficiales, nos decidiésemos, de verdad, a vivir amando a Dios y a los demás, este mundo no sería así. Lo que pasa es que hemos recibido el mandato del Señor y lo hemos archivado convenientemente, reduciéndolo a unas frases ampulosas, incluidas estas líneas, tras de las cuales se esconden con frecuencia magras realidades. Es cierto que en la Iglesia hay maravillosas muestras prácticas de amor a Dios y a los hombres; baste pensar en la impresionante respuesta que está dando Cáritas en estos momentos de crisis. Pero no menos cierto es que muchos de nosotros vivimos confundidos con el mundo y las modas de turno, y lo estamos tanto que apenas se nos distingue por que vivamos amando a Dios y los hombres en los que intentamos ver sus rasgos. Hoy nuestro mundo está urgentemente necesitado de más y más testigos veraces del amor, testigos que sean, en última instancia, reflejo del amor de Dios, mensajeros y reveladores de ese amor. A nosotros, a la Comunidad de seguidores de Jesús, a la Iglesia, se nos ha encomendado especialmente esta tarea. ¿Qué estamos haciendo de nuestra misión?
El origen del amor no está en que hayamos amado a Dios, sino en que Él nos ama y ha enviado a su Hijo como víctima de reconciliación. Este amor no es respuesta alguna a méritos, sino libre don de Dios que da su primer paso. Su amor se revela en su Hijo que busca a los extraviados, cura a los enfermos, hace mesa común con pecadores y publicanos y se solidariza con ellos hasta el rebajamiento de la cruz. «Como yo os amo, amaos entre vosotros» quiere decir perdonar de nuevo y siempre, porque nosotros mismos vivimos siempre en renovada paciencia y perdón; quiere decir que no hay que preguntar lo que el otro merece, sino lo que el otro necesita; quiere decir vencer siempre la estrechez de corazón que se cierra ante cualquier sombra de agravio, mientras que a mí mismo me es regalada de continuo toda una vida de perdón. No es un amor sentimental; sino que busca lo que para el otro es bueno y recto. Por eso tiene libertad, riqueza y amplitud hasta el punto de abarcar al enemigo. Todo un reto y un signo.