Cornada de lobo | pedro trapiello
Buscarlas
De setas creí saber algo y ahora tengo en la oreja al viejo sabio repitiendo «sólo sé que no sé nada». Llevo muchos años tras las setas y recuerdo la primera vez que Amez, con su locura genial y capa castellana, me puso en la mano un cesto de palma de castaño y me llevó a buscarlas, o sea, a conocerlas, como recuerdo también que las primeras que tronchó mi navajina fueron esas humildes, abundantes, despreciadas y exquisitas senderuelas, de corrillo, el marasmo que indulta la voracidad setera de hoy siendo, sin embargo, un excelente bocado de emperador cuando aún están abotonadas, pues con sólo dos gotas de aceite y dos granos de sal, cantan su gozoso paladeo sin necesidad de envolverse en salsas o picudas recetas como ocurre con la mayoría.
En mi casa, eso de las setas no se llevó jamás. Todavía hoy, sé que atormento a mi madre cuando le llevo las primicias. En la inmensa mayoría de casas leonesas tampoco se comían setas. La cultura de estos nortes nunca se inclinó por este bien mostrenco que es de todos. Había razones: una, por comer setas muere gente; dos, no matan el hambre ni siquiera la espantan porque son agua; y tres, no hay necesidad, pues los que comen setas delataban despensa flaca y ser menesterosos, como los que comían caracoles, ranas o cangrejos, a los que no hace tanto se les tenían en los pueblos leoneses por muertos de hambre, raros o locos.
Mi seta preferida es la de cardo. Trisca entre los dientes. Es muy de pastores, que las recogían en sus careos para ilustrar sus patatas viudas o de cazadores, que las apañaban para no volver a casa con el zurrón vacío. A conocer su dibujo y territorio me enseñó el señor Segundo que iba por ellas a La Cenia en una bicicleta que, a sus ochenta años, montaba aún a carrerilla.
Los níscalos fueron en mi parvulario setero la seta socorrida. Algunos se pirran por este rovellón del catalán, pero sigue pareciéndome recio y vulgar como nabo recocido, ¡ag!... Tampoco me tira tanto el perrechico primaveral que narcotiza a los vascos. Pero si es una cesárea cruda, un coprino apenas frito o un rebozuelo con almendras, me rindo... aunque más placer que comerlas, nos dará el palpar naturaleza paseada buscándolas.... y encontrándolas.