Ni son lo mismo ni actúan igual: el detalle clave para no confundir nunca más una salamanquesa con una lagartija

Aunque comparten tamaño y hábitat en muchas regiones de la península ibérica, pertenecen a familias totalmente distintas y cuentan con hábitos opuestos

Ejemplar de salamanquesa comúnAnimalia

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En los muros, terrazas y jardines de España es muy habitual encontrarse con pequeños reptiles correteando al sol o acechando bajo las luces por la noche. Sin embargo, existe una confusión muy extendida entre dos animales distintos: la salamanquesa y la lagartija. Aunque ambos son reptiles escamosos y conviven de cerca con el ser humano, pertenecen a familias biológicas diferentes y presentan características físicas y de comportamiento claramente diferenciables. La clave a simple vista no está solo en su color, sino en la forma de sus ojos, la textura de su piel y, sobre todo, en la hora del día a la que deciden dejarse ver.

Piel, patas y hábitos: las claves para distinguirlas a simple vista

La forma más rápida de saber si estamos ante una salamanquesa o una lagartija es observar sus ojos, su piel y sus extremidades.

La salamanquesa común (Tarentola mauritanica), perteneciente a la familia de los gecónidos (Gekkonidae), destaca por su cuerpo aplanado, su piel rugosa cubierta de pequeños tubérculos y sus colores grises o pardos, ideales para mimetizarse con la piedra y el granito. 

Sus ojos son grandes, con pupilas verticales adaptadas a la visión nocturna, y carece de párpados móviles. Su rasgo más característico reside en los dedos: posee almohadillas adhesivas provistas de microscópicas estructuras (setas) que le permiten trepar por superficies totalmente lisas, como vidrios o techos, desafiando la gravedad.

Por su parte, la lagartija común o la lagartija ibérica (Podarcis hispanicus), integrada en la familia de los lacértidos (Lacertidae), presenta un cuerpo más estilizado, alargado y esbelto. Su piel es lisa, formada por escamas planas, y suele mostrar tonos verdosos, marrones o amarillentos con líneas oscuras a lo largo del lomo. 

A diferencia del gecko, la lagartija tiene ojos con párpados móviles y pupilas redondas, y sus patas terminan en garras finas diseñadas para correr a gran velocidad por el suelo, las rocas o los matorrales, pero no para adherirse al cristal.

El comportamiento marca otra gran frontera entre ambas especies:

  • Salamanquesas: tienen hábitos eminentemente nocturnos o crepusculares. Aprovechan la luz artificial de farolas y porches para cazar insectos atraídos por la claridad.
  • Lagartijas: son estrictamente diurnas. Necesitan tomar el sol activamente sobre las piedras (termorregulación) para calentar su cuerpo antes de salir a buscar alimento.

Aliados del ecosistema urbano y estado de conservación

Tanto las salamanquesas como las lagartijas desempeñan un papel fundamental en el equilibrio ecológico de los ecosistemas mediterráneos y los entornos urbanos. Ambas son insectívoras y actúan como un control biológico natural de plagas, consumiendo diariamente grandes cantidades de mosquitos, polillas, moscas, arañas y pequeños escarabajos.

Pese a los falsos mitos populares que atribuyen erróneamente a la salamanquesa la capacidad de escupir o ser venenosa, se trata de un animal totalmente inofensivo para las personas y las mascotas. Ninguno de estos dos reptiles posee veneno ni representa peligro alguno.

En España, las especies autóctonas de lacértidos y gecónidos se encuentran protegidas por el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (LESRPE) y el Catálogo Español de Especies Amenazadas, normativas supervisadas por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico. 

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Esta legislación prohíbe explícitamente su captura, molestia, comercio o destrucción de sus hábitats. Comprender sus diferencias no solo ayuda a identificar la fauna que nos rodea, sino también a valorar la presencia de estos eficaces insecticidas naturales en nuestras viviendas.