La Seminici viaja desde la realidad más turbia a una mirada luminosa a la vejez
Las películas de Fernando Franco (‘Subsuelo’) y Gabriel Mascaro (‘El sendero azul’) comparten protagonismo con la onírica y apocalíptica ‘Resurrection’, de Bi Gan

El director de la película ‘Resurrección’, Bi Gan.
Jornada importante la del sábado en la 70 Semana Internacional de Cine de Valladolid, con presencia en la ciudad de los tres directores que hoy se sumaron a la competición oficial del festival. La mañana la abrió el sevillano Fernando Franco con ‘Subsuelo’, su cuarto largometraje, que adapta a la gran pantalla la oscura novela homónima del escritor argentino Marcelo Luján y explora los rincones más turbios de la psique humana a través de la compleja relación entre dos hermanos mellizos que esconden un tormentoso secreto. El relevo lo tomó el brasileño Gabriel Mascaro con ‘El sendero azul’, una distopía luminosa sobre el despertar tardío a la vida de una mujer mayor, que encierra un ataque frontal a las políticas antiedadistas y neocapitalistas del mundo contemporáneo. Y el broche de oro llegó con ‘Resurrection’, del realizador chino Bi Gan, que embriaga al espectador con poderosas y viscerales imágenes, con las que imagina un futuro apocalíptico donde soñar está prohibido y el cine es el secreto alquímico que encierra el último hálito de vida posible.
En ‘Subsuelo’, los debutantes Julia Martínez y Diego Garisa soportan sobre sus hombros el peso de una incómoda historia que bucea en torno a cuestiones tan delicadas como la culpa, el rencor, el deseo, la manipulación, la mentira o el abuso. Fernando Franco, que atesora un Goya al mejor director novel por ‘La herida’, su debut, y otras diez nominaciones a esos premios (siete de ellas como montador, dos como productor y una más como guionista), explicó en el estreno mundial del film en Valladolid que la novela de Luján cayó en sus manos en pleno confinamiento, y le cautivó con su planteamiento de thriller para abordar “temas de los que no se habla demasiado”.
A lo largo del metraje, el espectador se enfrenta a una tensión que va in crescendo de la mano de las tensas notas musicales de Mursego, que con su composición acompaña el torbellino emocional al que se ve empujada Eva, la auténtica protagonista, cuya mente a punto de quebrarse coincide con la también fragmentada narración. En la rueda de prensa posterior al estreno, el cineasta señaló que llevaba un tiempo con la idea de afrontar su primer thriller como director, y fue al leer esa novela cuando se combinó ese anhelo con lo mucho que le interesó cómo hablaba de la familia ese libro. “Había algo de reto en intentar adaptarla, porque su tratamiento del tiempo es muy complejo, con un narrador omnisciente que mezcla tiempos constantemente, así que nos pusimos a ello. Lo primero fue poner orden lineal en lo que cuenta la novela, y a partir de ahí decidir cómo trasladar esa desestructuración a la pantalla”, explicó.
En declaraciones recogidas por Ical, admitió que la omnipresencia de los nuevos dispositivos de comunicación es algo que le obsesiona desde siempre, desde su primer corto (‘Mensajes de voz’, 2007), en torno a un contestador, hasta ‘Room’ (2011), otro corto que gira en torno alas imágenes procedentes de una webcam. “Siempre me ha obsesionado cómo filmar eso. En la novela los personajes se enviaban sms pero al adaptarlo teníamos que utilizar el WhatsApp, y no quería recurrir al habitual plano inserto, de forma que nos decantamos por la pantalla partida, para reflejar que aveces se producen contradicciones entre el mensaje que se puede estar enviando con un emoji y el estado físico en la vida real”, expuso.
Dos distopías
Por su parte, Gabriel Mascaro plantea en ‘El último azul’ una distopía surrealista ambientada en un momento que bien podría ser la actualidad, de acuerdo con las claves que maneja en la pantalla: el Gobierno ha decidido que quien alcance los 80 años debe ser extirpado de la vida cotidiana y recluido en una colonia específica, para no alterar el buen orden productivo de la sociedad. La medida se ha asumido ya, y frente a ella apenas se erigen aisladas pintadas realizadas mayoritariamente por nietos que no quieren que les separen de sus abuelos.
La realidad golpea inesperadamente a Tereza, una mujer de 77 años, cuando se entera de que el Gobierno ha decidido adelantar un lustro la edad fijada, y ante la pasividad de su hija decide emprender una huida hacia adelante en pos de un último sueño que nunca pudo cumplir antes: volar en avión. Lo que no imagina es todo lo que le espera en su viaje por las profundidades del Amazonas, donde se cruzará con infinidad de personajes que acabarán por cambiarle la vida.
Según relató Mascaro , la película surgió del “sentimiento utópico” que le embriagó cuando, tras el fallecimiento de su abuelo, la viuda decidió empezar a pintar. Para él, aquella decisión de su abuela fue una forma de “resignificar la vida”, y desde entonces siempre quiso rodar una película sobre ello, protagonizada por una señora mayor. Tras dedicar un largo periodo a la investigación, concluyó que “es muy raro encontrar películas con protagonistas mayores, que no hablen de otra cosa que la despedida de la vida, la muerte o la añoranza de tiempos gloriosos del pasado que nunca volverán”. “Suelen ser personajes aprisionados por el pasado, pero yo quería hacer una película distinta, sobre desear y soñar en el presente”, añadió.
En ese sentido, explicó que más que manejar referencias se apoyó en “anti referencias” como ‘Amor’, de Michael Haneke; ‘Cuentos de Tokio’, de Ozu; o ‘Una historia verdadera’, de David Lynch, que inauguró Seminci en 1999 y de la que sí recogió el encuentro sucesivo del protagonista con variopintos personajes que van modificando su forma de ver el mundo. “En esa película lo que motiva el viaje del protagonista es reencontrarse con su hermano para reconciliarse y morir en paz; yo quería plantear algo similar pero no para morir, sino para reconectar con la vida. Además, entre otros filmes con los que conecta en cierto modo ‘El sendero azul’ se refirió a ‘Antes de amanecer’, de Richard Linklater, donde dos personas conectan entre sí durante un viaje en tren: “En nuestra película reemplazo esos cuerpos jóvenes que usaba Linklater por dos mujeres mayores, en un acto de resistencia y transgresión”, reconoció.
Por último, Bi Gan estructura ‘Resurrection’ en cinco partes, una por cada uno de los sentidos: olfato, gusto, tacto, vista y oído, y ofrece al espectador una onírica epopeya visual en constante mutación, que salta de un género al opuesto y de un estilo o formato cinematográfico a otro. En la primera de esas partes, rinde homenaje al cine primitivo y, a través de los intertítulos, sienta las bases del juego metacinematográfico que propone a continuación: el secreto para la vida eterna está en dejar de soñar. Gan compara a quienes no sueñan con velas que no arden y, por tanto, no se consumen, frente a quienes bautiza como delirantes, hombres y mujeres que se alimentan de ilusiones a través del celuloide.
En ese mismo momento, irrumpe con fuerza el género del ‘neo noir’, con guiños a clásicos como ‘Blade Runner’, ‘Gattaca’, ‘Matrix’ o la más reciente ‘Origen’, donde las almas inertes capaces de soñar persiguen hasta dar caza a los empeñados en vivir a cualquier precio, a preservar sus sueños, a quienes el realizador chino bautiza como ‘delirantes’.
La película, una colosal oda al cine construida para negar su eterna muerte, responde a la asunción por parte del cineasta del cine como “un juego”, según explicó él mismo en Valladolid. Así, señaló que comenzó a escribir este viaje circular alrededor del siglo XX a través del cine en 2020, en plena pandemia, para dedicar posteriormente en torno a un año al rodaje, y desde entonces sigue trabajando en un interminable montaje que ni siquiera dio por concluido tras alzarse con el Gran Premio del Jurado en Cannes, ya que la versión que se ha exhibido ahora en Valladolid “incluye cambios”.
Además, reconoció ciertas reticencias a utilizar el plano secuencia en algún momento de este film, ya que tras la exhibición que hizo de esa técnica en su anterior largometraje, ‘Largo viaje hacia la noche’, “todo el mundo estaba expectante y en realidad inicialmente lo había descartado”. Fue cuando llegó el momento del rodaje cuando se decantaron por afrontar esa historia que transcurre en la última noche de 1999 cuando eligieron la forma de rodaje con la que están “más familiarizados” en su equipo.
“Para mí lo más importante no es la película en sí, ni tampoco su estructura. Las formas del cine me importan pero no son lo fundamental para mí, lo más importante es la emoción que transmite, no solo hacia el cine, sino hacia el mundo”, relató. Además, reconoció que el film bebe de “muchas fuentes de inspiración”, como “historias tradicionales, las películas primitivas y los arquetipos de la literatura”.