Diario de León
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Y c ómo te pueden meter un gol más propio de la inercia de un campo inclinado, acompañado por una coreografía de jugadores de ambos bandos rodando por el suelo en extraña conjunción. Estas son las cosas que dan sentido a esta sección. El fútbol es así. Ahora llega la pesada sesión de análisis de sesudos expertos de lo posterior. Aunque, eso sí, está claro: nos han rebajado la calificación de aspirantes a campeón-¦ No está mal.

Corea y Japón organizaron el Mundial de 2002. La era Javier Clemente había finalizado y José Antonio Camacho fue elegido para ocupar su puesto. De un antimadridista recalcitrante se pasó a un madridista casi de cuna. Parece un detalle irrelevante, pero en aquellos tiempos no lo era. Camacho calentó motores en la Eurocopa 2000 de Bélgica y los Países Bajos. Pero eso es otra historia, cómo no, con su enjundia.

En una opinión personal, Camacho, contra todo pronóstico, anticipó parte de lo que ahora es la realidad del equipo español. Él nunca se mostrará como un intelectual del fútbol, porque ni va de eso ni le sale. Pero aportó al combinado nacional el buen gusto por el juego. Y, claro, como contar la historia a base de Eurocopas y Mundiales es una aterradora forma de ver qué rápido pasa el tiempo, fue ya hace mucho. Pero como muestra un traje de nueve botones como goles. Muchos recordarán un España-Austria que acabó 9-0. Fue un 27 de marzo de 1999, en Mestalla. Con un centro del campo de ensueño formado por Valerón, Fran y Guardiola. Con Etxeberría, Urzaiz y Raúl. Con Míchel Salgado, Hierro, Marcelino y Sergi, y Cañizares en la puerta. Marcaron: Raúl (4), Urzaiz (2), Fran y Hierro y uno de regalo en propia meta.

Y llegó 2002 y con él, el Mundial. España ganó los tres primeros partidos a razón de tres goles por encuentro. Morientes, Mendieta, Hierro, Valerón y Raúl se encargaron de la faceta goleadora de un equipo que despertó todas las expectativas con una actitud que se basaba tanto en la intensidad como en la calidad.

En octavos de final, España se enfrentó a un viejo conocido, rival asequible, pero buena piedra de toque para saber si la Selección estaba dispuesta a superar viejos traumas. Irlanda consiguió empatar en el minuto 90, tras haber marcado Morientes a poco de comenzar el partido. Los irlandeses consiguieron llevar el asunto hasta la tanda de penalties. Y allí emergió la figura de Iker Casillas, que paró tres penas máximas de cinco. España se clasificó.

En cuartos de final esperaba Corea del Sur, que había eliminado a Italia, y bajo la que circulaban todas las sospechas sobre la necesidad de que se mantuvieran a toda costa en el torneo.

Realmente, durante los primeros compases del partido, los coreanos pasaron por encima del equipo español, que se rehízo por superioridad y por ser mejor equipo. Y entonces, con el árbirtro egipcio Gamal Al-Gandhour llegó el escándalo. El escandalazo que, por cierto, logró la cuadratura del círculo porque consiguió sintonizar a la prensa y opinión pública de países como Italia y España, rivales habituales, que se sintieron ultrajados por las frivolidades de la Fifa.

Varios fueras de juego inexistentes de libro. Un gol legal anulado a Iván Helguera y el famoso gol de Morientes a pase de Joaquín, tras una internada maestra hasta la línea de fondo, resumieron la imposibilidad de ganar aquel partido que iba a suponer traspasar la barrera del sonido del fútbol español, es decir, cuartos de final. Camacho sudaba. Al-Gandhour parecía decir: a mi no pregunte, dígaselo al línea.

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