| Perfil | Eduard Shevardnadze |
Un aperturista desprestigiado
El presidente georgiano llegó al poder en 1992 como un defensor de la democracia, pero puede acabar como un vulgar tirano

Eduard Shevardnadze, ayer, en el Parlamento georgiano
Aunque cursó medicina en Tiblisi, Eduard Shevardnadze apenas ejerció de médico un año porque su debilidad siempre fue la política. Primero desde el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) en su región, donde combatió los brotes nacionalistas y la corrupción de funcionarios. Después, desde Moscú, donde colaboró con Mijail Gorbachov, quien lo nombró ministro de Exteriores en 1985 pese a su inexperiencia en esos asuntos. Pero era dialogante y dinámico y su cometido era la política de desarme y la perestroika (sustituir la confrontación militar con Occidente por cooperación). Cuando en 1990 había que dar un fin democrático a la labor liberalizadora se alienó con Boris Yeltsin y los reformistas y dimitió como ministro, porque auguraba un golpe de Estado de las fuerzas conservadoras. En 1991 fundó el Movimiento Democrático de las Reformas, como alternativa al PCUS. Se sumó a la resistencia democrática en el Parlamento ruso donde se había atrincherado Yeltsin, en el día después del golpe que había profetizado. Volvió a ser ministro hasta que se desintegró la URSS. En 1992, regresó a la política de su Georgia natal, tras el derrocamiento del presidente nacionalista Zviad Gamsajurdia, donde se centró en el reconocimiento exterior del Estado que le encargó el Consejo Interino. Shevardnadze sabe lo que es una guerra (Osetia del Norte, Abjazia) y estar en primera línea (de Sujumi, tomada por los abjazios no salió hasta pocas horas antes de su caída). Esta derrota le llevó a dar un viraje en sus relaciones con Rusia y solicitó ayuda para detener la ofensiva de Gamsajurdia. Moscú desplegó soldados a cambio de bases militares. En el plano interior, afrontó la crisis energética y económica y la lucha contra las mafias (estuvo a punto de morir en 1995 en uno de los tres atentados que sufrió). En 1992 fue elegido presidente de Georgia con el 95% de los votos. En el 95 creó la Unión de Ciudadanos de Georgia, de inspiración liberal, y en las legislativas obtuvo el 74% de los sufragios. En las presidenciales del 2000, casi el 80%. La oposición denunció fraude. Entonces la UE sólo lo «lamentó». Ahora, a sus 75 años, el gran estadista georgiano que sonó para la secretaría general de la ONU corre el riesgo de pasar a la historia como un vulgar tirano derrocado.