Diario de León

María José Requejo y Agustín Fernández: «Nos gusta vivir en Boisán, pero hay que tener fuerza de voluntad»

- María José Requejo, artista ceramista, y Agustín Fernández, que trabaja en el sector de la construcción y ayuda en el taller, se trasladaron a Boisán para desarrollar su proyecto de vida y laboral.

María José Requejo, artista ceramista, y Agustín Fernández, que trabaja en el sector de la construcción y ayuda en el taller, se trasladaron a Boisán para desarrollar su proyecto de vida y laboral.. RAMIRO

María José Requejo, artista ceramista, y Agustín Fernández, que trabaja en el sector de la construcción y ayuda en el taller, se trasladaron a Boisán para desarrollar su proyecto de vida y laboral.. RAMIRO

León

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María José Requejo, ceramista artística, y Agustín Fernández, del sector de la construcción, decidieron hace 31 años desarrollar su proyecto personal y profesional en el entorno rural . Se trasladaron desde Columbrianos, una localidad del municipio de Ponferrada con un millar de habitantes, a Boisán, un pueblo maragato perteneciente al Ayuntamiento de Lucillo con apenas 43 vecinos. «Nuestra primera opción fue El Bierzo, pero las casas baratas no tenían las condiciones y otras eran muy caras. Buscaba una casa en la que pudiera instalar mi taller», recuerda María José. 

La pareja tenía claro que querían vivir en un pueblo . «Siempre vivimos en un pueblo, es calidad de vida. La ciudad nos gusta para ir a divertirnos. A nosotros nos pasa lo contrario que a las personas que viven en la ciudad, que los fines de semana buscan el pueblo. Nosotros lo hacemos al revés».

La búsqueda se complicó y decidieron ampliar el radio de acción. «Nos encontramos con casas vacías, casi en ruinas, que no se vendían bien porque las familias no querían o porque no se ponían de acuerdo, o porque eran caras». En Boisán encontraron una vivienda maragata que se ajustaba a sus necesidades aunque 31 años después todavía están de reformas. «Al principio no fue fácil. La casa estaba casi en ruinas. Nos trasladamos en esas condiciones y nuestros amigos nos ayudaron a desescombrar e intercambiamos trabajos para ayudarnos. Cada uno hacía lo que sabía. Veníamos de una zona con teléfono y llegamos a un pueblo en el que sólo había uno público gestionado por una persona mayor, no había internet, pero le vimos muchas posibilidades para montar el taller de cerámica». María José aparece en la guía de artesanía escrita por la filóloga y etnógrafa leonesa Concha Casado. «Aprendía cerámica con otros ceramistas cuando tenía 20 años. Yo no tenía ninguna titulación. Con la crisis de 2018 las ferias de artesanía se hundieron y decidí estudiar Técnico Superior en Artes Aplicadas en la especialidad de cerámica. Después me matriculé en la Uned y me saque Historia del Arte».

Poco a poco la casa y el taller de cerámica fueron tomando forma. «Antes iba a ferias de cerámica por España y Francia. Me movía por todas las ferias de cerámica y había muchas tiendas de artesanía en toda España. Con la crisis muchas tiendas desaparecieron y otras cerraron por jubilación. Uno de lo principales problemas del gremio es que no hay relevo generacional y está desapareciendo. Las personas nuevas que se incorporan tienen una media de 50 años».

Y las ferias cada vez son menos accesibles y rentables. «Para participar en una feria tienes que ser autónomo y arreglar un montón de papeleo. Si estás empezando es muy complicado porque un horno para la cerámica cuesta un montón de dinero».

Para María José la cerámica es una pasión por la que ha sorteado todas las dificultades con el apoyo de Agustín, que le ayuda en el taller. «Mucha gente piensa que vivir y trabajar en un pueblo relajante y bucólico, pero también tienes estrés». Un estrés asociado a las dificultades añadidas por la falta de infraestructuras, conectividad e inseguridad económica. «No tenemos un sueldo fijo y aunque no nos falta de nada podíamos decir que nuestra vida es austera, cuando vives en un pueblo tienes que llevar una economía de subsistencia porque si se rompe algo o necesitas algo tardan mucho en venir a arreglar la lavadora o el teléfono. La mayor parte de la gente que vive aquí se dedica a la ganadería o la albañilería», asegura Agustín. 

Los habitantes de Boisán recibieron «bien, con sorpresa y curiosidad» a los nuevos inquilinos. «Tenían curiosidad por saber qué íbamos a montar. Todos somos respetuosos e intentamos ayudar. Nosotros sabemos hacer muchas cosas como soldar, labores de albañilería y nos hemos ayudado mutuamente. También hemos llevado a alguna persona al médico».

La ausencia del médico, ahora, es el principal problema de los habitantes de los pueblos . «Es lo más duro. Nos quedamos sin médico desde la pandemia. No tenemos médico ni aquí ni en Santa Colomba ni en Luyego de Somoza. La única médico que hay viene a Lucillo una vez a la semana y también va a Val de San Lorenzo». 

Agustín, con 60 años, y María José con 55, se plantean el futuro. «Estamos muy bien aquí, pero si no hay médico es complicado que la gente mayor permanezca en los pueblos. Hasta una determinada edad nos vemos aquí, pero de mayores no nos quedará más remedio que irnos a la ciudad. Lo de no tener médico es muy importante para esa decisión. El Hospital de León está a 75 kilómetros. Si nos pasa algo tenemos que ir a Urgencias a Astorga, que tiene que ser por la tarde y si hay que hacer radiografías o alguna prueba te mandan al Hospital de León. El médico es lo que más nos preocupa. Es muy fácil venir en verano y disfrutar del pueblo, lo complicado es estar aquí todo el invierno. Una nevada nos dejó tres días sin luz. ¿Por qué no viene la gente a vivir a los pueblos? Porque es imposible, hay que tener mucha fuerza de voluntad y ganas de pelear por todo, por el médico, por las carreteras... en invierno llenamos el arcón congelador por si acaso».

Siempre luchando

Los inicios no fueron fáciles. Uno de los primeros problemas con los que se encontraron fue la mensajería. «Tuve que luchar con las empresas de transportes para que me suministraran la arcilla y los productos para las formulaciones de los esmaltes». Ahora ese problema se ha resuelto. Internet funciona más o menos fluido. Algunas personas teletrabajan en verano, pero en invierno... «nos quedamos los que vivimos aquí todo el año. Repoblar no es venir unos meses, sino quedarse. Los pueblos los hacemos los que vivimos aquí, que mantenemos las casas porque estamos pendientes de las que están vacías y si pasa algo avisamos a sus propietarios». 

La obra de la casas ha ido por etapas y aún continúa. «El taller lo desmontamos dos veces. Nos metimos con una situación precaria».

Los encargos de la zona mantienen una actividad que María José ha girado a la cerámica decorativa y figurativa, con la mujer como protagonista.

La Asociación Cultural de Boisán le encargó diseñar un espacio de esparcimiento en el pueblo para que las personas mayores pudieran sentarse a descansar y disfrutar del entorno. «He diseñado y colocado unos asientos de arcilla refractaria, un trabajo que resultó muy complicado porque son volúmenes muy grandes que no acostumbro a trabajar». En la fotografía que preside este reportaje aparecen María José y Agustín sentados en los asientos de arcilla diseñados por la artesana junto a una placa en la que se puede leer La arcilla modela tiempo para el reposo. 

Objetivos, no horarios. Ese es el método de trabajo de esta artesana ceramista y compañero en este viaje. «En el pueblo no hay bar y para reunirnos con los amigos nos trasladamos. El resto del tiempo estamos bien. Tenemos todas las comodidades. Vivir en un pueblo no significa que no puedas tener todo lo que necesitas. Lo único que no tengo es microondas, porque no quiero».

María José Requejo pertenece a la Asociación Montañas del Teleno, que integra a mujeres de distintos sectores que emprenden en el medio rural. 

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