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Ullán, plural e incómodo
LA PRESENCIA EN LEÓN DEL DEMONIZADO DOCTOR MONTES ME TRAE AL RECUERDO EL FINAL DE JOSÉ-MIGUEL ULLÁN (1944-2009), QUE EL DÍA DE SAN MARCELO HUBIERA CUMPLIDO SETENTA AÑOS. LOS DOS ERAN DE VILLARINO DE LOS AIRES Y EL MÉDICO PALIÓ EL TRAMO POSTRERO Y DOLIENTE DEL POETA. . divergente

Fotografía de José Miguel Ullán
Su trayectoria, desde los primeros seis libros que acoge su Antología salvaje (1970), supone una enmienda al conformismo. Una obra radical y cumplida que acucia el afán de la mudanza. Un legado poético plural y diverso, urdido a partir de su increíble manejo de la lengua nutricia de los Arribes, que es la veta que fecunda toda su creación, desde la inicial poesía comprometida a los hermetismos finales, con leves descansos en estancias de alianza luminosa. Ullán se estrenó con dos libros en 1965 ( El jornal y Amor peninsular ), cuando se movía en la órbita inconformista que agitaba Agustín Delgado en Claraboya. En el interior de su voz de protesta anidaba la semilla del habla fronteriza de los Arribes, como si de una réplica de Gabriel y Galán se tratara.
RECHAZO A LOS NOVÍSIMOS
Nos dejó una obra deslumbrante y plural, apremiada por la urgencia de las transgresiones. Qué hermoso su poema Ambasaguas , sobre el encuentro del Tormes con el Duero a los pies de Villarino, y aquellos versos: «Lo que el Tormes de día soñaba / por la noche del Duero fluía». Sus inicios salmantinos coinciden con la irrupción de Aníbal Núñez (1944-1987), también relegado del lanzamiento de los Novísimos, que iba a resultar a la postre «una olla con más Azúa que Carnero». Sarrión recoge en sus memorias la mediación con Ullán, exiliado en París, y su respuesta airada al compadreo. Los muñidores del experimento poético podían prescindir en su colecta de casi cualquier nombre, menos de Ullán. Por eso, Hortelano, Ángel González, Gil de Biedma y el firmante Castellet le envían sucesivas encomiendas, que sólo consiguen incrementar su irritación. Al final, los promotores tendrán que conformarse con una guarnición de líricos cartageneros, maragatos, ilicitanos y albaceteños para acompañar a Gimferrer, que ya ostentaba el precoz laurel del Premio nacional José Antonio Primo de Rivera por Arde el mar .
Ullán nada tenía que ver con aquella macedonia de emuladores. Llevaba en París desde que en 1966 se fugara de España para evitar la mili. Aquel mismo año publicó en El Bardo Un humano poder , de paso hacia un destierro que se prolongó diez años. Mortaja (1970), que aparece en México, ya refleja la amargura del alejamiento. En París dirige las emisiones culturales en español de la radio pública, mantiene una activa corresponsalía con publicaciones del interior y participa en los cursos que imparten Pierre Vilar, Roland Barthes y Lucien Goldmann en la Escuela de Altos Estudios. Su poemario siguiente, Cierra los ojos y abre la boca (1970) ve la luz en Canarias y oscila entre el amor y la costumbre. Dos años después, Maniluvios supone una reflexión radical sobre la poesía y una enmienda a los planteamientos de su primera etapa. Propone olvidar el convencionalismo y optar por vías de riesgo: «No nos engañemos: no se escribe para la inmensa mayoría». Pero esa constancia no quita para que la minoritaria poesía acabe cumpliendo una misión subversiva mediante su manejo de la palabra.
LOS DÍAS DEL RETORNO
En 1976, Ullán vuelve a España y el retorno lo lleva a cumplir la mili tardía en Canarias, antes de convertirse en protagonista de la información cultural durante la década de la movida. Primero trabajó en Guadalimar , la revista de artes plásticas de Miguel Fernández Braso, por donde más tarde también pasó Andrés Trapiello. Luego dirigió y presentó programas en la tele única y en Radio Nacional, fue subdirector de Diario 16 , donde fundó el suplemento Culturas , y adjunto a la presidencia del grupo. Más tarde, columnista y colaborador de El País y Abc . En ese recorrido por los medios incluso llegó a ser irónico comentarista de una edición del concurso musical eurovisivo. Creo recordar que aquella que concluyó con la barca nacional encallada en último lugar.
Los libros del retorno fueron Frases (1975), libro singular, en la órbita de Rimbaud, que enriquece su lectura proyectando una frase sobre un contexto no funcional y con apoyo de la fotografía; De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado (1976), donde deconstruye a Góngora, y Alarma (1976), que incorpora ilustraciones de Sempere. Los libros de poesía con pintores constituyen un apartado elocuente de su expresión: Saura, Brinkmann, José Hernández, Quetglas, Chillida, Palazuelo, Vicente Rojo, Tàpies, Miró, Sicilia, Long, Cuevas y Broto son sus cómplices en esta vertiente. También participará en obras con compositores: Carlos Pellegrino y Luis de Pablo. Tras Soldadesca (1979), que recoge su ajuste de cuentas con el ejército, aparece Manchas nombradas (1984), donde fuerza al límite la investigación, convirtiendo a los textos surgidos en alianza con la imagen plástica en náufragos elocuentes de la página.
Ardicia (1994) y Ondulaciones (2007) fueron las compilaciones de su obra cautivadora, capaz de digerir y conciliar en un mismo texto materiales tan diversos como la jerga y los estereotipos poéticos. Sin cautelas ni límites en el manejo de sus múltiples lenguajes, pero siempre alerta ante las convenciones. «Un ser viviente entre tanto simulacro de vida», como lo vio María Zambrano. «Una de las voces más personales, más rigurosas, de la poesía en español», según advirtió Octavio Paz.