Diario de León

Ni tan adustos, ni tan cariñosos

Los españoles nos besamos, achuchamos y toqueteamos sin apenas conocernos, pero parece que empezamos a poner distancia en nuestro trato social, aunque lejos todavía de la frialdad de anglosajones y asiáticos

JESÚS

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CARLOS MÍNGUEZ | texto
León

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«Cada vez somos más Merkel y menos Sarkozy. Dentro de poco, todos alemanes. Tendemos a reprimir nuestras emociones y sentimientos», asegura Luis Muiño, psicoterapeuta. Hace unos días, un diario suizo publicaba que a la canciller alemana le violentan los achuchones, apretones de mano, besos y golpecitos en la espalda que el presidente de Francia le prodiga en público. Malestar que, de manera discreta, habría transmitido, vía diplomática, a las autoridades galas. Cuando ya la noticia era objeto de comentarios y chanzas en toda Europa, desde Berlín la Cancillería negaba que Merkel no soporte la efusividad del esposo de Carla Bruni, calificaba de invención la noticia y destacaba la relación «cordial» que une a ambos mandatarios. A Carmen Alborch, escritora, ex ministra y hoy senadora, la noticia no le ha sorprendido. «Hace semanas viendo por televisión una comparecencia pública de Merkel, Sarkozy y Berlusconi, ya me llamó la atención la familiaridad excesiva con que el presidente francés trataba a la canciller alemana. Estaba en compañía de un amigo y lo comentamos. A los dos nos llamó mucho la atención». Valenciana de nacimiento, y con fama de extrovertida y afectuosa, «no oculto mi carácter mediterráneo», dice Alborch, confiesa que cada vez le gusta más, cuando saluda por vez primera a una persona, dar la mano. «Me parece más apropiado. Y reconozco que hasta hace poco no era así. No sé si es una cuestión personal o colectiva. Me siento más cómoda», afirma. Dependiendo de las circunstancias y del momento, el saludo de Alborch es más o menos efusivo. También del grado de relación que tenga con la persona. «Con los amigos -dice- el comportamiento es diferente». Al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, unas veces le da la mano y otras un beso. ¿Y a Rita Barberá, a quien hace oposición en el Ayuntamiento de Valencia, cómo la saluda?. «Nos estrechamos la mano, en ocasiones nos damos un beso y otras muchas con un simple ¡hola, qué tal! es suficiente. Ante todo -insiste Alborch- hay que ser educados y elegantes, por dentro y por fuera». «Quizás somos más distantes, pero no más adustos», afirma. La primera vez que Friedemann Hascher vino a España, a comienzos de los 60 del siglo pasado -fue de los primeros turistas en descubrir Benidorm-, a este jubilado alemán casado con una española, y residente en nuestro país desde hace cuatro décadas, le llamó mucho la atención la efusividad y la cercanía física con que nos tratábamos los españoles. «Y eso que las cosas no eran como son ahora. Por ejemplo, un hombre nunca saludaba en público con un beso a una mujer que acabara de conocer. Me pareció extraño, o exagerado. O simplemente distinto a lo que estaba acostumbrado. Fui educado para no exteriorizar mucho mis sentimientos, en una sociedad en la que los besos están reservados a las madres con sus hijos. Los padres alemanes son poco besucones», relata. Hascher se ha «adaptado» a las costumbres españolas, pero, aún hoy, «a veces» tanto toqueteo, tanto besuqueo le parece «ligeramente exagerado. Pero me adapto. Como dice el refrán: donde fueres, haz lo que vieres». El tiende a dar siempre la mano, es su primera reacción, aunque no rechaza el beso. «Más besucón» Cuando viaja a Alemania se comporta «como un alemán», aunque reconoce que con su familia de allí, sólo con algunos de sus familiares, «a lo mejor me muestro ahora más besucón». Su familia de aquí, la de su mujer, es «pródiga en besos», bromea. Luis Muiño, psicoterapeuta, habla de la velocidad a la que se transforma la tan cacareada efusividad latina. «Estamos pasando -aseguró- de una sociedad en la que prima la colectividad, y en la que por tanto se toca más, se es más expresivo y espontáneo, a otra más individualista, como es la anglosajona o la centroeuropea, donde se reprimen las emociones. El mundo en general tiende hacia esto último». «Perdemos en amor, en seguridad, en sentirnos queridos. Estamos más solos, pero ganamos en libertad», argumenta Muiño. «Cada vez -continúa- nos sentimos más incómodos con el cariño, somos menos cariñosos. No es ni bueno ni malo, es diferente».

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