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Aparición de un mesías

Los seguidores de Aznar hicieron cola tras la comida-mitin para conseguir un autógrafo de su gurú.
Tres coches de alta gama con las lunas tintadas y custodiados por un pelotón policial no es lo habitual un martes a mediodía en la plaza de Santo Domingo. Ya sólo por eso, la aparición del poliédrico José María Aznar en León fue un acontecimiento local en toda regla. Pisó suelo pasada la una y media de la tarde, con una puntutalidad igual de británica que el porte de gentleman adquirido durante los últimos años por el ex presidente del Gobierno. Le esperaba a pie de calle todo el staff del Partido Popular, incluidas las candidaturas al Congreso y al Senado. «En León, encantado», les dijo con una de las pocas sonrisas que regaló durante su estancia de cuatro horas y media.
Aznar es más bajo y más menudo de lo que aparenta. Apenas cambia su gesto reflexivo, recto, tirando a seco. Pase quien pase, le besen o le ofendan. Anda y habla como las personas importantes, observando a los demás fijamente y alargando las consonantes finales en sus discursos. La gente de la calle le reconoce fielmente. Se nota durante su breve paseo por la calle Ancha hasta la Catedral. «Es el de la guerra de Irak», «ahí va el mejor presidente de la demoracia». Los comentarios se mueven entre esos extremos. El presidente de Faes, la fábrica de ideas del PP, hace un breve paréntesis para tomar un aperitivo en el casco antiguo. Coca-Cola ligth y unos bocados de paella para Jose, sin tilde, como nombran repetidamente sus correligionarios. Ya se les cuenta por decenas. Y la bola humana va haciéndose mayor conforme Aznar inicia su paseo hasta el Parador de San Marcos por el centro de la ciudad. Llega al edificio histórico rodeado de 26 personas y le esperan dentro alrededor de 600 más. Sobraría decir que durante el trayecto es abordado por docenas y docenas de seguidores con sus teléfonos y cámaras fotográficas. Todos quieren una imagen con Aznar. O un autógrafo. El mejor panadero de España lo consigue sin grandes esfuerzos. Así le presentan a Urbano Suárez, de Llamas de la Ribera. Otro simpatizante se fue emocionado cuando José María Aznar y Emilio Gutiérrez le firmaron los dos avales que necesita para afiliarse al PP. Fue el pedáneo de Santa Olaja de la Ribera, Ángel Gutiérrez. Los jóvenes Diego y Patricia consiguieron que su gurú político les firmase una fotografía que se habían tomado con él en León en enero de este año. Y así decenas y decenas de pequeñas historias fueron poniendo notas cálidas a la visita de un flemático Aznar. Incluso le visitó su primo carnal Ignacio Fernández Vilalverde. «Me conocen más por Nacho Cirilo», advierte. Vive en León y es ahijado de la madre del ex presidente. Tomó con él los postres. A esa hora se acercaba José Estanga Rebollal, alcalde de Oencia. El singular regidor, el alcalde rockero, ataviado con una cazadora de cuero con chapa de la bandera de España, regaló a Aznar una botella de ron de Camagüey y habanos. «Es mi homenaje porque su abuelo era de Cuba».
Sólo se vio sonreír abiertamente a Aznar con el desparpajo de Isabel Carrasco mientras arengaba al auditorio como «telonera» de su intervención. Durante todo el tiempo que el presidente de honor escuchó a los demás con cara de pensamiento le dio tiempo a modelar hasta cinco bolas con miga de pan. Luego habló él. Todos callaron y encendieron sus móviles. Con su tempo pausado y tono apocalíptico, recordó aquellos años en los que era presidente de un país que «tocaba el cielo con los dedos» frente al «agujero» de nuestros días. Definió su espíritu como el de un hombre «preocupado». Debe resultar extenuante hacer de José María Aznar. Pero en León dejó su secreto al descubierto. Unos minutos de reposo en soledad hacen revivir al ex presidente. Lo hizo en la suite 363, apartado del mundo. 45 minutos más tarde, tres coches negros salían de la ciudad. Se iba el mesías.