Diario de León

El último de la «vieja guardia»

Ibarra cultivó siempre una imagen de hombre de pueblo que le permitió decir sin problemas lo que otros callaban, pero sus excesos antinacionalistas mermaron su influencia en el PSOE

Ibarra fue una de las bestias negras del Estatuto de Cataluña

Ibarra fue una de las bestias negras del Estatuto de Cataluña

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E. Clemente | G. Bareño - redacción | madrid
León

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Primero fue José Bono y ahora le toca el turno al que parecía incombustible Juan Carlos Rodríguez Ibarra. Los dos grandes «barones» han arrojado la toalla, casi al mismo tiempo que su «bestia negra», Pasqual Maragall. Con la renuncia de Ibarra, la retirada de Bono y la marcha de Francisco Vázquez al Vaticano, el PSOE se queda sin defensores a ultranza de la unidad nacional por encima de todo y sin látigos antinacionalistas. Hay quienes dicen que el «Bambi con guante de hierro» que es Zapatero ha soltado lastre, ha laminado a los más críticos. Otros simplemente creen que el tiempo de la «vieja guardia» ha pasado. Emeritense de 58 años, mi-litante socialista desde hace 30, decano de los presidentes autonómicos (24 años al frente de Extremadura), ganador de seis elecciones consecutivas (cinco por mayoría absoluta), Ibarra es un político lenguaraz, de aplastante sinceridad, impulsivo y apasionado, que no sabe, mejor dicho que no quiere callarse. Esto le ha llevado a enfrentarse duramente con los partidos nacionalistas catalanes y también al socialista Maragall, a los que ha acusado de falta de solidaridad por pretender sacar ventaja de una financiación privilegiada. El tacto político y la templanza no estuvieron nunca entre sus virtudes. A pesar de ser un hombre leído, cultivó siempre una imagen de hombre de pueblo que le permitía decir siempre lo que quería. Eso jugó muchas veces en su contra e hizo que no se le tomara en serio. «Cosas de Ibarra», era la explicación más habitual tras alguno de sus exabruptos. Deja perlas políticas de grueso calibre como ésta: «me importa un pepino y tres leches lo que pacten Pasqual Maragall, Artur Mas o Carod-Rovira, porque ya estoy hasta el gorro». O esta otra, más escatológica, referida a las propuestas de financiación autonómica de la Generalitat: «que se metan los cuartos donde les quepan». Tampoco se ha mordido la lengua al hablar del País Vasco: «Si hace falta declarar el estado de emergencia se hace», dijo en junio del 2002. Guerrista y felipista Quijote de la política con patente de pepito grillo del PSOE por sus continuas victorias en las urnas, fue el guerrista número uno pero repite que Felipe González es el político al que más admira. Apoyó hasta el final a los condenados por el GAL y respaldó a Matilde Fernández en el Congreso en el que Zapatero ganó a su amigo Bono. Siempre ha proclamado que se hizo socialista para eliminar las desigualdades. De ahí sus furibundas críticas al Estatuto de Cataluña que salió del Parlament, que creía insolidario. Ese rechazo le valió la acusación del PSC de ser «amigo del PP» y chirrió con la posición de Zapatero. Pero cuando el texto fue recortado, Ibarra dio su plácet. Hace 10 meses un infarto agudo de miocardio le dejó muy mermado, pero tuvo la satisfacción de que Maragall fue el primero en visitarle. Calificado como «bellotari» por su populismo y su forma campechana de expresarse, abanderado de España, martillo del nacionalismo, Rodríguez Ibarra nunca manifestó deseos de saltar a la política nacional. De hecho, rechazó varios ofrecimientos de González y Zapatero para ser ministro. En su haber quedará haber sacado a Extremadura de la España negra para introducirla en la modernidad.

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