Las permanentes profecías del desastre
hojas de chopo
Por no numerar como si fuera una serie —en realidad es una serie cuyo final no se adivina—, sigo con los parásitos de la pasada semana, esos organismos animales o vegetales que viven a costa de otros de distinta especie, alimentándose de ellos y depauperándolos. La deriva de sus sueldos y privilegios. Los políticos, naturalmente, algunos de los cuales se quejan de no cobrar como los europeos, lo que no es del todo cierto, señorías del retorcimiento y la tergiversación, cosa que sí ocurre, en parte al menos, con los ciudadanos de pie y calle. El debate abierto podría ser esclarecedor, al margen de los cientos de miles de políticos que aquí sobran. Y es curioso, porque hay voces que se levantan para proponer seguir aumentando el número en algunas instituciones, especialmente autonómicas. Así a esta paradoja se añade la de tener en estas instituciones y en las provinciales representantes apoyados en menos de un centenar de votos. Es la corrupción de los conceptos inútiles, vacíos e incomprensibles cuya explicación les obliga a recurrir a una dialéctica borrosa que baila en el alambre de lo inaudito y la incomprensión.
Es muy doloroso, pero cierto. La ciudadanía cada día espera menos de los políticos. «Somos para ellos —me comenta un anciano dolorido por tanta incomprensión y abandono— como perros vagabundos». Es verdad que la sociedad se empobrece cuando no hay diálogo. Y aquí parece romperse definitivamente. El 80% de los adolescentes de CyL cree que todos los políticos mienten. Cuidado, que entonces los derechos humanos pueden empezar a tambalearse.
En este país de nuestros amores y desamores pasajeros el Parlamente es, más que otra cosa, un centro de disensiones a voces, gritos y mala educación. Se convierte en una referencia de Goya en su Duelo a garrotazos, donde lo bueno es mío y malo lo de otros aun siendo lo mismo. La capacidad de grosería de estos sujetos no tiene límites, y en algunos casos produce vergüenza ajena. Vergüenza ajena. Nos sacan los colores. Es el teatro nacional y permanente del disparate y los odios ancestrales, el centro ejemplar de la mala educación y la ruindad. Qué ejemplo. La polarización así practicada es una amenaza eficaz de la democracia, no se olviden. Estas actitudes bochornosas e indignantes, por una y otra parte, falsas en no pocas ocasiones, mentira por tanto, hacen que los parásitos y afines se conviertan en vocíferos de las profecías del desastre de las intenciones de los otros. El Parlamento, nada ejemplar por cierto, es el centro de insultos vergonzosos y actitudes amenazantes que se reciben, depende, con golpes sobre la mesa, abucheos, pataleos, silbidos, voces, gestos barriobajeros, tonos amenazantes llenos de desprecio… Grosería, arrogancia, altivez, chulería, soberbia, malísima educación… Ya está bien de acusaciones delictivas aprovechando la inmunidad parlamentaria. ¿No creen que es un privilegio trasnochado y antidemocrático?
Tenga cada cual cuidado si pretende poner la mano en el fuego por alguien. En la casa atroz de la vulgaridad parece que se necesitan nuevas políticas. Y políticos con otro estilo, naturalmente.