El corazón rojo de piedra
Uno de los asuntos menos conocido de Santa Lucía es la construcción del ferrocarril, cuya línea entre León y Asturias se inauguró en 1884. Dada la escasez de mano de obra en la localidad, de manera especial durante las épocas más intensas de los trabajos agrícolas, llegaron a esta zona, a Santa Lucía en concreto, trabajadores de otras regiones y otros países, atraídos por el proyecto ferroviario. Entre ellos, catalanes e italianos, algunos de cuyos apellidos, en ambos casos, aún perviven.
De la pequeña colonia italiana que asentó su vida en estas tierras, Giuseppe Favaretto. Veneciano, Giuseppino, como cariñosamente lo llamaron también aquí, había nacido en la ciudad del norte de Italia en torno a 1830 y llegó a Santa Lucía con los cuarenta cumplidos. La vida le resultó dura durante los primeros años, debido, sobre todo, a la soledad. Fue entonces cuando decidió trasladar aquí una tradición y leyenda de su Venecia añorada: El Corazón de Piedra, o El Corazón del Amor —diversos son los nombres para designarlo— , situado en un pasaje escondido de la ciudad de las góndolas. En concreto, bajo el arco del Sotoportego dei Preti. Albañil y cantero, incrustó un corazón de piedra pintado en rojo sobre un monolito que situó, al parecer pero sin certeza, al lado del puente, cerca de la Calle de la Fardela, donde vivía. Y allí acudía con frecuencia, como aún siguen haciéndolo en Venecia, a tocar el corazón de piedra. Depositaba después una flor, preferentemente rosa o clavel, al lado del monolito o sobre las aguas del Bernesga, cuya corriente la arrastraba en busca de otros sueños y otras latitudes. Como un suspiro. «Quienes lo hacen –se cansó de explicar a los curiosos iniciales— convencidos y con insistencia, encuentran el amor. Y si es una pareja, vivirán enamorados para siempre».
Lo cierto es que no tardó Giuseppino en encontrar el amor. Y lo encontró en el corazón de una italiana, romana para más señas, madurita también, Valeria Galleotti. Se casaron. Y cuentan que «la pareja del Corazón Rojo de Piedra», que así la llamaban, fue feliz. Y muy apreciada por los vecinos, especialmente por los niños, a los que ofrecían algunos domingos dulces típicos de su tierra de origen: los fritelli, una masa frita rellena de crema o de chocolate, redondos y de pequeño tamaño, o las ciambelline, rollitos parecidos a los roscos de vino españoles. Y seguían acudiendo periódicamente ante el corazón rojo de piedra para pedir que se mantuviera su amor. «Pedirlo, mantenerlo, sentirlo». Lo curioso es que esta tradición sumida en una leyenda lejana prendió en el pueblo y otros cercanos y no tanto, hasta convertirse en habitual. Cuentan las crónicas que los resultados fueron más que satisfactorios. El regreso definitivo de nuestra pareja a Italia, y probablemente la intervención de la piqueta en la fisonomía cambiante de la localidad en aquellos momentos la fue sumiendo en el olvido.
Hasta hoy. Su recuperación traería al presente la memoria de unos hechos que perduraron en Santa Lucía durante cincuenta o sesenta años al menos. Nunca lo sabremos seguramente con precisión. La esencia de la tradición queda básicamente respetada. Si algún día se recuperase, se convertiría posiblemente en referencia y reclamo para acercarse con convicción quienes deseen solicitar sus inquietudes amorosas ante el Corazón Rojo, o el Corazón de Piedra, o el Corazón Rojo de Piedra, que así siguen llamando también los venecianos a su corazón legendario, donde estuvo el hogar de Orio y Melusina. Con recogimiento y concentración. Formulado su deseo en silencio, deposite una flor, preferiblemente rosa o clavel, sobre el pedestal del monolito. O láncela al agua. La esperanza se convierte en sentimiento y emoción. No puede nadie perder las sensaciones que provocan ambos. Está escrito en el corazón de la tradición.