Diario de León
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ENRIQUE JAVIER DÍEZ GUTIÉRREZ. PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD DE LEÓN
León

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Cuando se disparan los rumores sobre la falta de solvencia de Irlanda, Portugal o España, aumenta vertiginosamente el interés pagado a los compradores de deuda y se eleva exponencialmente la tasa de ganancia de los grandes especuladores. Cuando se fabrica la duda sobre la viabilidad financiera de estos países, ante la amenaza insinuada de riesgo de bancarrota, los gobiernos parecen «verse obligados» a solicitar préstamos de miles de millones de euros. Los gobiernos socialdemócratas europeos se han vuelto así especialistas en dar la impresión de querer resistir en un primer momento las exhortaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Central Europeo (BCE) a la necesaria aplicación de reformas, para ir aplicándolas progresivamente alegando que «no queda más remedio», que es imprescindible «hacer los deberes». Después de haber anunciado que se está luchando contra el fin del mundo, reducir el riesgo a una simple catástrofe quieren que se considere como un progreso.

Desde una perspectiva estrictamente socialdemócrata, en una crisis en la que la economía no crece habría que aumentar lo más rápidamente posible el gasto público, invirtiendo para que produjese empleo y con ello hubiera más personas trabajando, recibiendo salarios, consumiendo productos y servicios y estimulando la economía. También, en caso de que hubiera un Banco Central público, imprimiría mucho dinero para que las empresas y la ciudadanía del país pudiesen tener acceso a tal dinero, abaratando  su coste, y bajando los intereses de este dinero. Este dinero se traduciría en inversiones y consumo, que es lo que estimularía la economía. Estas son las medidas que, como explica Vicenç Navarro, se enseñan en los libros de texto de Políticas Públicas en primer curso. Pues bien, el BCE y el FMI están imponiendo a los países de la UE justamente las políticas opuestas.

Pero ante la evidencia de que esas políticas neoliberales han fracasado rotundamente en Irlanda, su empeño es profundizar aún más en sus recetas. Porque toda la ideología neoliberal parte de un supuesto de fe indemostrado e indemostrable: las recetas neoliberales nos traen la salvación. Y no hay «mito» más extraordinario de la ciencia económica que éste: «es difícil encontrar otro caso donde los hechos contradicen tanto una teoría». El BCE y el FMI no tienen nada que decir cuando su «modelo neoliberal» salta por los aires. Argumentan que se debe a que no se ha profundizado suficiente en estas recetas. Que hay que cavar aún más hondo. Estos organismos, creados al servicio del mercado, se limitan a dar prisa para que Irlanda insista en más dosis del mismo jarabe: ajustar salarios, reformar la negociación colectiva, rebajar impuestos a las empresas, liberalizar el comercio y los servicios, facilitar un paraíso fiscal para las grandes fortunas y privatizar activos públicos.

El FMI y el BCE, los guardianes de la ortodoxia neoliberal, habían presentado durante todos estos años a Irlanda como un modelo a seguir. Respondió a la crisis siguiendo los dictados de estos organismos. De hecho ha sido durante todos estos años el país con menos impuestos sobre el capital (12.5%, los más bajos de la UE, cuyo promedio es 24%); rebajó el gasto público social al más bajo de la UE-15 (pensiones, sanidad, educación, servicios sociales: un 18% del PIB, frente al 28% del promedio de la UE-15); emprendió el proceso de venta y privatización de los servicios públicos más acentuada en la UE-15 y convirtió el mercado de trabajo en el más desregulado; la banca recibió las ayudas más sustanciales del Estado, en toda la UE-15.

Ahora que sus recetas han generado una crisis aún más extrema y brutal en Irlanda se limitan a advertir quién va a hacerse cargo de la factura: «La UE exigirá a Irlanda subidas de impuestos para devolver el rescate». Los impuestos que pagará la clase trabajadora, no los directivos, banqueros y grandes fortunas que ya han puesto sus capitales a salvo en paraísos fiscales.

Porque, como dice el famoso economista Kenneth Galbraith, cuando se trata de los empobrecidos, la ayuda y el subsidio del gobierno resultan sumamente sospechosos en cuanto a su necesidad y a la eficacia de su administración a causa de sus efectos adversos sobre la moral y el espíritu de trabajo. Esto no reza, sin embargo, en el caso del apoyo público a las grandes empresas y fortunas. No se considera que perjudique al ciudadano el que se salve de la quiebra a un banco. Los opulentos pueden soportar los efectos morales adversos de los subsidios y ayudas del gobierno; pero los pobres no.

Pero las reformas no consisten sólo en la aplicación de estos salvajes planes de ajuste. Los países intervenidos deben invertir el dinero recibido en la compra de aquello que sus acreedores le indiquen. El método aplicado por el FMI desde hace décadas en países de América latina, Asia, y  recientemente en la ex-URSS. Por ejemplo, en Grecia, el país del UE con más gasto militar (el 4,3% del PIB), los gastos militares se han mantenido mientras el plan de ajuste se imponía a los sectores populares griegos. Daniel Cohn Bendit, eurodiputado de Los Verdes, explicaba en el Parlamento Europeo en qué se estaba gastando: «En los últimos meses, Francia le ha vendido seis fragatas a Grecia por 2.500 millones de euros. Helicópteros por 400 millones. Aviones Rafale de combate por 100 millones cada uno. Y Alemania le ha vendido a Grecia otros 6 submarinos por otros 1.000 millones. ¡Les prestamos dinero para que nos compren armas!»

El negocio del miedo es rentable. Pero eso sí, para los mismos de siempre. Para los dueños de esta economía de casino, parece que «la banca siempre gana». El miedo sustenta esta ideología neoliberal que domina los establishments políticos y mediáticos de la UE. Al grito de hay que «recuperar la confianza de los mercados», se anteponen los intereses y beneficios bancarios («de los inversores» se dice) por encima de todo. La política de los gobiernos socialdemócratas se ha convertido en la política económica de los grandes bancos (véanse las similitudes entre las propuestas del BBVA y las del Banco de España) y de la derecha. De hecho cada vez es más difícil reconocer alguna divergencia sustantiva en las acciones y en los discursos de los gobiernos conservadores y socialdemócratas de todo el mundo: se han convertido al credo neoliberal con la fe ciega de los conversos. Y no hay fanático más fundamentalista que el converso.

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