Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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EEl protocolo es un sastre que no da puntada sin hilo. El alcalde de León, Emilio Gutiérrez, y la presidenta de la Diputación, Isabel Carrasco, fueron recibidos el pasado lunes en la Moncloa por el presidente del Gobierno, nuestro paisano, José Luis Rodríguez Zapatero. La recepción fue valorada por los primeros como «cordial y fructífera», pese a ese jerárquico sofá de tres piezas marcador de férreas distancias, añadimos ya nosotros. Según reflejaba la fotografía que este periódico reprodujo en su primera, tan hermoso mobiliario, tapizado en blanco inocencia, más que un sofá era un escalafón. Comodísimo para una siesta o para leer a Borges, pero, desde luego, imponía un rotundo mensaje subliminal: juntos, pero no revueltos. No sólo corría abundante aire entre los cuerpos, como marcaban las normas de baile decoroso, sino que entre Gutiérrez y Carrasco hubiesen cabido los tres mosqueteros con sus mostachos, y entre aquel y el presidente todo el Orfeón Donostiarra. En el mundo del recibimiento institucional, cada centímetro tiene significado. No diremos, como en el bolero, «dicen que la distancia es el olvido», pues no concebimos esa razón, pero, sin duda, el susodicho mueble incitaba más al usted que al tuteo. Así no hay forma de contar un chiste verde y que todo quede en casa. En la mía siento así a los invitados, tan distanciados, y mi mujer me manda de un gancho a la Escuela Diplomática de Pekín. Entre las valoraciones más curiosas del encuentro en Moncloa, pues la condición humana es triple mortal que no se acaba, estuvo la del portavoz socialista en la Diputación, Matías Llorente, quien aprovechó para esgrimir que «el popular Gutiérrez no ganó las elecciones, sino que las perdió Fernández». Pues eso, Eva Mendes no es guapa, sino poco fea. Lo proclamó Marx: «¡Más madera, esto es la guerra!». O ya más castizamente Manuel Martínez: «¡Todos al suelo, que vienen los nuestros!».

La entrevista salió redonda, según las tres partes. Y Zapatero estuvo cordialísimo. Pese al sofá. En esto de sentar al amigo o al enemigo, lo mejor es ni pasarse, ni quedarse corto. Vamos, que cada uno se traiga la propia silla de casa. Eso sí, los canapés debe ponerlos siempre el anfitrión. Faltaría más.

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