Diario de León

Publicado por
Isidoro Álvarez Sacristán De la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación
León

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Tomo el título de estas líneas del ensayo que con el mismo nombre publicó en 1971, en la colección Austral, Pedro Laín Entralgo, argumentando que si España era «una sed» y un conflicto, seguía siendo «una posibilidad». Parecía argumentar una premonición de lo que iba a ser hoy en día la palabra y el concepto de España. De la que unos se avergüenzan por creer que les van a tildar de «fachas», otros se mofan llevados por un nacionalismo feroz, y los más se inhiben, simplemente. Solamente la Constitución se refiere a España como «un Estado social y democrático de Derecho», como «patria común e indivisible de todos los españoles». De forma que extraña que, desde la norma suprema, no pueda uno usar tal nombre y no digamos si se empleara la palabra «patria» que, al invocarla, pareciera que estamos siendo conservadores-integristas, ultras o cosas parecidas.

Pero es que son los políticos los que huyen del empleo de la palabra, para sustituirlo por el de nación, pueblo, país, etc. Si echamos una mirada a los estatutos de los partidos políticos, nos encontramos con que los llamados de izquierdas, prefieren los términos «pueblo» para referirse al colectivo español —pues ya se sabe que los comunistas, con Marx a la cabeza, dicen que «los obreros no tiene patria»— como así lo manifiestan los estatutos del partido comunista, que se basa en el «marxismo revolucionario» (tan anacrónico y utópico) y «republicano», por lo que está fuera de loa principios constitucionales; y si bien se llama de España, lo es de «un Estado de derecho republicano (y) de sus pueblos». Lo mismo podemos decir de la coalición Izquierda Unida, que en sus estatutos no aparece por ninguna parte la palabra España, y que en su artículo primero se manifiesta como un «Estado de Derecho, federal y republicano». Es cierto que, dentro de la izquierda, el Partido Socialista Obrero Español, se apellida así mismo como «español», pero «en lucha por el progreso de los pueblos», y con la supresión de la palabra España, en las siglas del partido Socialista de Euskadi (PSE) y el Partido Socialista de Cataluña (PSC). El nuevo partido de Unión Progreso y Democracia, tampoco emplea la palabra España en sus estatutos, sino que lo enmascara bajo la expresión: «partido político de ámbito de actuación nacional» y un instrumento «al servicio de la sociedad». Con respecto a los partidos nacionalistas, ni que decir tiene que la palabra España, les escuece tanto que ni siquiera la nombran. El Partido Nacionalista Vasco, asegura que es el representante de la Patria Vasca «que se extiende a ambos lados del Pirineo». Para los catalanes, los poderes de la Generalitat emanan del pueblo de Cataluña, obviando que se ha aprobado por las Cortes españolas que representan al pueblo español.

Los representantes de estos partidos políticos que están en el Parlamento y en el Senado, han tenido que jurar la Constitución Española y, por tanto, cumplir y reconocer que España es el Estado y que es la «patria» de sus señorías a la que deben servicio y honor. Manifestarse en contra de estos principio constitucionales, después de su juramento, les convierte en perjuros y, no se puede servir a unos estatutos que silencian a España y ser representantes en la España constitucional, a la que no acatan fuera del hemiciclo.

Si contemplamos los estatutos de los sindicatos, como entes que asocian al mundo del trabajo, ocurro tres cuartos de lo mismo. La federación de Comisiones Obreras, ya desde sus inicios se alió con la banda terrorista vasca, en contra de España, (porque España existe tanto en dictadura como en democracia) manteniendo contactos en la década de los sesenta en Guipúzcoa y Vizcaya con ETA. («Comisiones Obreras en la dictadura», 497). En los estatutos actuales no se cita la palabra España, sino la de Estado español, y a favor del «Estado federal», que no es la forma política que manda la Constitución Española, pretendiendo la ruptura de España a través del «derecho de autodeterminación», en clara oposición a la «indisoluble unidad de la nación española» (art. 2 CE). Como es sabido, es de clara ideología comunista y sus asambleas terminan con el puño en alto, tan amenazante que produce miedo.

Lo mismo ocurre con el sindicato Unión General de Trabajadores, que su constitución se enmascara con la expresión «en el ámbito del Estado español», entendiendo que se trata de un Estado burgués favoreciendo las aspiraciones del capitalismo. Se olvidan que el Título VII de la CE ordena que la economía sea dirigida al interés general, en el que se trata de «equiparar el nivel de vida de todos los españoles».

Y si a los partidos políticos —de izquierda— y a los sindicatos que les siguen, no les interesa la palabra España, muchos menos su bandera que, si acataran la Constitución, sabrían que —artículo 4 CE— la bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja. Y no otra representa a España. Se ve en todas concentraciones, asambleas, reuniones de sindicatos y partidos citados que ondea cualquier bandera menos la regulada en la Carta Magna. Sobre todo abunda la antigua bandera de la República de 1931que, en manos de los manifestantes, se sitúan en oposición a la actualidad y legal signo de España.

Por eso, nos habíamos preguntado al principio a qué llamamos España, si a unos les avergüenza su nombre y a otros les irrita su llamamiento., diluyéndose en las nomenclaturas de las regiones. A nosotros, desde la «leonesidad» que proclamamos defendemos con unción la Constitución, de la que ya Alfonso V decía que quien la intentare romper (al hablar del Fuero) sea anatemizado y «en eterno castigo con el diablo y sus ángeles, expíe las penas». Ahora no sería para tanto pero, por lo menos, exigir que no se avergüence nadie de emplear la palabra España. Y no tengamos que exclamar con el poeta Victoriano Crémer: «¡España! ¡España!... y nadie nos contesta».s

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