EN BLANCO
La patria de cada uno
NO DEJA de ser curioso que los autoproclamados adalides de la actual Constitución lo sean sólo, en realidad, de los aspectos o restrictivos de la libertad que esa Carta de convivencia circunstancial contiene. Según esos fundamentalistas, el Plan Ibarretxe es odioso, repugnante, cataclísmico y diabólico porque atenta contra algún artículo de la Constitución, pero el hecho de que otros imperativos regulados en ella, cual los del derecho al trabajo y a la vivienda, a la educación y a la Justicia gratuItas, a la libertad de expresión o a la no discriminación por razón de sexo (las mujeres ganan por igual desempeño laboral un 28% menos que los hombres) sean ignorados o conculcados, les trae sin cuidado. Pero, además, es que una democracia, si lo es de veras, no puede transmitir un mensaje tan perverso como el que hoy, a cuenta del Plan Ibarretxe, emite el sistema: No se puede condenar la violencia amparándose en la promesa de que por vías pacíficas, democráticas y políticas se puede aspirar a todo, y, cuando por vías pacíficas, democráticas y políticas los nacionalistas vascos articulan políticamente su aspiración de autogobierno, cerrarles el paso con las barricadas de la intimidación, la criminalización y la amenaza. La libertad (incluida la de sentirse español u otra cosa) no es algo que pueda administrar ni escamotear, nadie en una verdadera democracia, de modo que todo aquello que no provenga de las decisiones del Parlamento, donde ha de verse y discutirse el plan del lendakari, carece de virtualidad y de sentido, aunque no, lamentablemente, de mala leche a tenor de las burradas que venimos viendo y escuchando.