AL TRASLUZ
Césares efímeros
PESE a lo mucho que le ensalcen su traje nuevo de emperador, Bush se paseó ayer desnudo, como el personaje del cuento. La vanidad de los poderosos rara vez es inocente. Cuarenta y cinco millones de dólares han costado los fastos de su toma de posesión como presidente. Solemnidades aparte, ha sido una ofensa a los pobres de la tierra, vivan en Alabama o en Asia, por no hablar de a los propios soldados estadounidenses en Irak. En efecto, el presidente que mezcla sus decisiones políticas con las convicciones religiosas, aunque cabría preguntarse cuáles son realmente estas, se exhibió desnudo ante el mundo, aunque él se creyese vestido con las mejores sedas. Ay, los cesares efímeros. Qué gran ocasión desaprovechada para un liderazgo de la ejemplaridad. Y no se argumente que gran parte de ese dinero ha sido sufragado mediante mecenazgo, pues causas más urgentes tiene la Humanidad que mecenar; ni que las críticas a este obsceno despilfarro son orquestadas desde el antiamericanismo. No. Simplemente, abochorna tan costoso exhibicionismo cesarista, cuando su país está en guerra, y medio planeta llora solidario con las víctimas de los maremotos. Nada se le puede reprender a un político por rezar y pedir ser guiado en sus decisiones más difíciles, pero cabe exigirle que -como mínimo- asuma la esencia de su propio credo, que no es otra que el amor, el perdón, la renuncia a la ostentación innecesaria y ególatra. Los césares efímeros se pasean desnudos, emborrachados de aplausos, mientras que en algún lugar cercano alguien agoniza de soledad y miseria, con una balada de Bruce Springsteen en los labios.