Diario de León
Publicado por
MANUEL ÁNGEL MORALES ESCUDERO
León

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ACABO de regresar de un curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Santander. Por el Palacio de la Magdalena pasaron las más altas autoridades educativas, incluida, cómo no, la ministra Mercedes Cabrera. En ellos se expuso la nueva «ideología» emanada de la LOE que, se supone, va a comenzar a inundar nuestras aulas a partir de este curso. De los debates, de las conversaciones mantenidas con los ponentes, con los otros compañeros profesores de otros cursos quedó de manifiesto que tres son las ideas que la nueva LOE persiste en seguir aplicando, a pesar de las consecuencias nefastas que éstas han tenido para nuestra educación: la comprensividad, la importancia que se le da a las nuevas tecnologías -o como ellos las denominan, las TIC-, y los pretendidos beneficios que para España ha supuesto la descentralización identificada con el sistema autonómico. La comprensividad es toda una ideología acerca de la educación que han abrazado las llamadas «fuerzas progresistas» en Europa y que consiste básicamente en igualar, eliminar la autoridad de las escuelas y exigir que los profesores tengan conocimientos específicos de psicopedagogía. La comprensividad es el corazón de la LOGSE y también lo es ahora de la LOE, que incide en sus errores y aún los profundiza con una carga ideológica aún más radical. Como señala la profesora Inger Enkvist citando a Jones, parece que la izquierda no tiene nada que decir del contenido de la enseñanza y solo se preocupa de cómo acceder a la enseñanza. La eliminación de la autoridad de las escuelas ha llevado a los alumnos a la violencia, al acoso escolar; el ansia de igualar se ha convertido en una cortapisa para los alumnos más aventajados y brillantes y para poder pasar los cursos sin esfuerzo y el énfasis en la pedagogía ha hecho que se olviden los aspectos técnicos y de formación, llenando en muchos casos las escuelas e institutos de profesores que controlan sólo su propia materia y a duras penas. La escuela se convierte así en una fábrica que expide títulos devaluados que ya no sirven para ascender en la escala social, para promover el llamado «viaje de clase». Una escuela devaluada de contenidos es una escuela que no sirve al único propósito de la enseñanza que es aprender, saber cómo pensar y no qué pensar. El otro pilar en el que se nos ha insistido hasta el hastío es la importancia de las tecnologías de la información. La actual línea de gobierno en materia educativa está absolutamente obnubilada por las nuevas tecnologías. Ven en ellas la forma de conectar con unos jóvenes a los que se les anima a aprender jugando y divirtiéndose para lo cual diseñan atractivas páginas web, herramientas y juegos, en la pretensión de que así el alumno va a adquirir la sapiencia cómo si fuera Neo, el personaje de la película «Matrix» al que se le insertan de repente los conocimientos de artes marciales que a cualquiera le hubiera supuesto toda una vida de práctica. Pero la realidad es muy distinta. Todo conocimiento verdadero requiere esfuerzo y muchas horas de dedicación. Como señala el sociólogo Marafioti a quien cita Inger Enkvist en su estupendo estudio «La educación en peligro»: la educación no es una técnica sino una pedagogía y como tal se basa en la relación entre las personas. Esa relación duradera, día tras día, año tras año es la que logra verdadero conocimiento y no simple banalidad. Por último la descentralización. Tuvimos la oportunidad de escuchar a profesionales de Asturias, Galicia, Aragón, Andalucía y Castilla La Mancha. Como se verá, todas las autonomías del mismo signo político, lo que es ya de por sí un signo inequívoco de sectarismo. Todos ellos coincidían en que la descentralización había contribuido a generar grandes beneficios para los estudiantes, para los ciudadanos. Sin embargo quedó patente que cada uno trabajaba por su lado, que faltaban instituciones de coordinación, que se multiplicaban por diecisiete esfuerzos y presupuestos y que todo ello iba va a cargo del sufrido bolsillo de los contribuyentes. Ante el triunfalismo de las autoridades presentes, los profesores comentábamos que, por ejemplo, no existe una política nacional en materia de convalidaciones de módulos de ciclos formativos con los créditos universitarios, que los diferentes modelos autonómicos no han sido capaces de mejorar las habilidades en lectura y escritura llegando los alumnos a los ciclos de formación profesional y a las carreras universitarias con faltas ortográficas propias de colegiales... la realidad de las aulas que contrasta con la de los Ministerios. Nada parece desanimar a los defensores de la LOE cuando su fracaso es palpable. Se llegó a explicarnos en una ponencia que la culpa del fracaso escolar no es del sistema sino que la estadística está mal hecha, o que simplemente los otros países europeos han aprendido a mentir. Tristeza, mucha tristeza por ver cómo la enseñanza en este país reniega del esfuerzo, de la ética del trabajo, de la investigación no partidista. Por lo demás, la Universidad internacional Menéndez Pelayo sigue cumpliendo la función de ser un lugar en el que se debaten las ideas del momento y por ello y pese a todo, sé que llegarán pronto tiempos mejores en los que una nueva educación centrada en el estudio, en el conocimiento, en el esfuerzo y en la pasión por la enseñanza iluminarán de nuevo las aulas de España. En ello estamos algunos.

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