AL DÍA
La tristeza de la infanta
SALTA la noticia que la Infanta Elena asiste al concierto de Bruce Springsteen acompañada de sus hermanos, y que se le ve relajada y divertida. Como tantos me alegro de esto último y de que la hija mayor de los reyes intente recuperarse de este duro trance por el que está pasando. Las heridas que deja cualquier ruptura matrimonial no entienden del color de la sangre. Es igual que sea azul o roja. Doña Elena necesita más que nunca distraerse. Tanto ella como su todavía marido son jóvenes y deben rehacer su vida, por su bien, y por el de sus hijos, y los españoles debemos entender que así lo hagan, sin suspicacias de ningún tipo. La procesión de la infanta como la de cualquier hijo de vecino va por dentro, y algunos, más papistas que el Papa, no pueden pretender que deje de asistir a un concierto o en caso de ir que se muestre abatida y con cara de amargada. Al fin y al cabo se trataba de oír a «the Boss». En un año con toda seguridad no el mejor para la familia real, y en un país bastante aficionado a hacer leña del árbol caído, confiemos en que no se haga de esta ruptura una cuestión de Estado. Son privilegiados, sí, pero desempeñan el papel que la constitución les ha otorgado y merecen, cuando menos, la misma comprensión que cualquiera. Los que reivindican una monarquía más acorde con los tiempos, ahí la tienen. El divorcio ha llamado a la puerta de Zarzuela. Lo han encajado con serenidad, como tantos miles matrimonios que al año se rompen en nuestro país. La tristeza, real o plebeya, siempre es triste.