EL ÚLTIMO DÍA DEL PAPA. BENEDICTO XVI SE RETIRA
Ex papa
Benedicto XVI dejó ayer de ser Sumo Pontífice. Promete obedecer al nuevo Papa y no interferir. El Vaticano da por finalizado su pontificado con una ceremonia protagonizada por la Guardia . Suiza. A las 8 en punto de la tarde, la Guardia Suiza cerró la puerta de Castelgandolfo con Benedicto dentro. Es la primera vez en 800 años en la historia de la Iglesia que un Papa renuncia por propia voluntad. La Iglesia entra en periodo de ‘Sede Vacante’, el lunes primera reunión preparatoria del cónclave.

Cambio de guardia.
El momento de la partida de Benedicto XVI del Vaticano había sido elegido pensando en aprovechar las últimas horas de luz, pero también a sabiendas de la particular belleza de un atardecer romano de febrero, el mes truncado antes de tiempo, el más raro. Como este Papa difícil de pillar a la primera, muy suyo, incomprendido, incluso maltratado, que se va antes de tiempo. Antes de perder las fuerzas, de caer en el túnel final de la decrepitud. Era reconfortante verle de buen humor, casi divertido, el más animado entre los que se despedían de él. Su secretario, Georg Gaenswein, tuvo que cubrirse el rostro para llorar cuando se abrió por última vez la puerta del apartamento papal y empezaron los adioses, delante de las cámaras. Quedaba poco para las cinco de la tarde y en la plaza de San Pedro no había más que unos centenares de personas, apiñados junto a cuatro pantallas gigantes. No estaba en absoluto descontado que fuera emocionante, pese a lo histórico que era todo. Pero lo fue. Pese al silencio de la plaza, la poca gente, los turistas japoneses fotografiando todo. La luz lo hizo posible, esa melancolía del crepúsculo, y luego las campanas.
Empezaron a sonar a las cinco y cinco, al girar lentamente las aspas del helicóptero blanco. Ratzinger había ido saludando al personal vaticano, a los ujieres, como un venerable aristócrata que se va de casa hacia un largo viaje. También lloró su chófer, todo un hombretón, antes de sentarse al volante para conducirle al helipuerto. A las cinco y ocho, el helicóptero emprendió el vuelo como una paloma blanca mecánica. El Papa se iba, no se moría, y fue un momento posmoderno precioso. Un Santo Padre que dimite y hace las maletas, pero se aleja por el cielo con la puesta de sol. Es la imagen de una idea del pontificado, fe y razón, devoción y tecnología aeronáutica.
El aparato empezó a dar un largo rodeo sobre la ciudad del Vaticano, con una música incesante de campanas. De repente asomó sobre la columnata de Bernini, sorprendentemente cerca. Es probable que en 2.000 años de historia de la cristiandad nunca un helicóptero haya pasado tan por el medio de la plaza de San Pedro, una fugaz aparición mecánica en medio del cielo de Via della Conciliazione, algo surrealista, sobrenatural como una astronave. Quién sabe qué pensaría el Papa mirando por la ventanilla.
El beso del culpable
Nunca antes alguien había visto el Vaticano como lo estaba viendo él. Ese gigantesco palacio donde ha vivido ocho años nada fáciles, donde se mezcla el recuerdo de aquel día de su elección, el 19 de abril de 2005, con muchos otros de soledad. Pero que ahora recuerda con agrado, como ha dicho estos días. Pasó sobre la plaza en un último saludo y se perdió sobre la colina de los jesuitas, rumbo a Castelgandolfo.
Por la mañana, Ratzinger se había encontrado con los cardenales en la sala Clementina, en una larga despedida con un momento para cada uno, intercambios de palabras, de abrazos. «Sed como una orquesta, donde las diversidades, expresión de la Iglesia universal, contribuyan siempre a la superior y concorde armonía», les pidió como último favor, insistiendo en la esperanza, aliviando el dramatismo del adiós. Entre los que se arrodillaron a besarle la mano, Roger Mahony, el cardenal de Los Ángeles, culpable de haber encubierto curas pederastas, el terrible crimen que ha manchado a la Iglesia estos años, esa suciedad que Ratzinger sabía muy bien que le rodeaba antes de que le eligieran.
Obedecer como uno más
Dijo con palabras que resonaron con trascendencia en los oídos de los cardenales, un variopinto grupo humano único, de hombres santos, y otros taimados, y también piadosos, o mediocres, fraternales, débiles y fuertes, de donde al menos uno tiene que ser especial y mejor que los demás: «Que el Señor os muestre aquel que es querido por Él. Entre vosotros está el futuro Papa, al cual ya hoy prometo mi incondicionada reverencia y obediencia». Hasta ayer, cuando lo dijo y estaba a punto de ser verdad, nadie había pensado en lo extraordinario de esta dimisión: un Papa que se degrada y vuelve a las filas, a obedecer como uno más.
A bordo de su helicóptero, el Papa dejaba atrás la pompa romana y volaba hacia Castelgandolfo, pasaba sobre el Coliseo, encima de los patios de vecinos, de bloques de pisos del neorrealismo que la sombra empezaba a oscurecer por los pies, sobre los pinos de la Via Appia, el atasco de hora punta del Grande Raccordo Anulare, la caótica circunvalación de la Roma eterna, indiferente, chalada y distraída. Que ahora está sin Papa, sin Gobierno y sin Parlamento. Al final le echarán de menos. En general a los romanos no les ha hecho mucha gracia que un Papa dimita, y también habrá mucho retrógrado al que le ha fastidiado porque piensan que un Papa no se va, no puede irse. Pero Ratzinger es uno de esos viejos modernos de mente ágil.
El helicóptero llegó a Castelgandolfo cuando seguía iluminado por los últimos rayos de sol: está en la cresta de un volcán, apagado hace miles de años. En San Pedro enmudecieron las campanas, empezó a hacer frío y la plaza se volvió sombría. Llegaba la noche y la sede vacante.
Su mejor discurso
Poco antes brotaba automáticamente en millones de teléfonos y ordenadores del mundo su último ‘tuit’, antes de que su cuenta quedera cerrada: «Gracias por vuestro amor y vuestro apoyo. Que podáis experimentar siempre la alegría de colocar a Cristo en el centro de vuestra vida». Eran las cinco y veinticinco cuando Ratzinger pisó el palacio, que no es para nada mal sitio, y más grande que el Vaticano. Allí la atmósfera era alegre, de fiesta de pueblo, en una placita llena a rebosar. A las cinco y treinta y nueve el Papa se asomó al balcón en medio de un gran aplauso y otro estruendo de campanas. Improvisó de corazón su último discurso, uno de los mejores en ocho años, muy sencillo, tres minutos: «Sabéis que este día mío de hoy es distinto, ya no soy....» —hizo una pausa que todos completaron mentalmente: ya no eres Papa— «...pontífice sumo de la Iglesia católica, sólo hasta las ocho de la tarde, después ya no. Soy solo un peregrino que inicia la última etapa de su peregrinaje en esta tierra».
Dijo adiós con la mano. La luz del crepúsculo hizo brillar por última vez su anillo dorado. «Grazie, buonanotte, grazie per tutti». Gracias, buenas noches a todos. A las cinco y cuarenta y dos minutos se giró y se fue. A las ocho en punto dejó de ser Papa, sin ser visto, cuando por fin se hizo la oscuridad.