Irreductibles de la vida
EN EL AÑO 2005, CÁRITAS puso en marcha un programa para ayudar a mujeres en riesgo de exclusión social. El proyecto creció y hace pocos meses, la oenegé abría un nuevo hogar para la esperanza. En él viven cinco mujeres y dos niños que se preparan para la autonomía desde la convivencia y la confianza..
cristina fanjul | león
Hay un piso en la ciudad en el que se concentra tanta vida que resulta difícil mirarla de frente. Y eso a pesar de la juventud de quienes lo habitan, cinco mujeres y dos niños cuyas experiencias demuestran que la normalidad no es lo que sentimos a este lado del mundo. Todos ellos no tuvieron que esperar demasiado para saber que la vida va en serio. Diez años de terror llevaron a Marina a huir. «No tengo a nadie. Sólo a mi hijo, al que he tenido que dejar con su abuela, la madre del maltratador». Marina es una de las mujeres que vive en el piso de acogida que Cáritas abrió en la ciudad el año pasado, una sala de esperanza en la que recuperar la vida antes de recibir el alta para la autonomía plena. No es un lugar para refugiarse del maltrato, sino un hogar para las mujeres a las que las circunstancias han dejado en la cuneta. El problema al que se enfrentan muchas de ellas es que aún no han obtenido el ‘alta’ burocrática, salvaconducto hacia un contrato de trabajo y, por lo tanto, hacia la independencia. Y este es uno de los muchos escollos que la oenegé católica les ayuda a salvar. Orden, convivencia, un lugar de encuentro, un sitio para compartir que les permita dejar de percibir el pasado como el único lugar posible. «Esto es un hogar para mujeres que por sus circunstancias sociales, familiares, económicas y laborales han sido abocadas a una situación de riesgo», destaca Gema Martín, una de las coordinadoras de Cáritas. En este piso están cubiertas todas las necesidades básicas de alojamiento y manutención, así como las específicas de atención a los menores. «Todo ello con el objetivo de que puedan salir de la casa valiéndose por sus propios medios tanto con recursos de esta entidad como de otras —tanto públicos como privados—, sin dudar en poner a su disposición cuanto haga falta para la promoción», explica.
El número de plazas estable en el tiempo es de nueve, durante los 365 días del año. El periodo de estancia programado inicialmente es de 120 días, pero debido a la tesitura de estos momentos de crisis, los plazos alargan, dependiendo de las circunstancias personales de cada persona.
El hogar no podría funcionar sin la ayuda de las voluntarias, mujeres que regalan sus días para que la vida de estas luchadoras pueda seguir adelante. «Ahora, necesitamos personas jóvenes, con las que ellas puedan compartir intereses culturales y de ocio», explica una de las trabajadoras de Cáritas, que recuerda además la labor de entrega de las voluntarias que cada día duermen en el centro de acogida.
Huérfana a los dos años
Guadalupe se quedó huérfana en Haití cuando apenas tenía dos años. «Crecí en un hogar de acogida y con doce años me fui a República Dominicana, un lugar en el que nos llaman malditos del diablo», recuerda con tristeza. «Yo no sé de dónde vengo, ni quién soy, pero sé que quiero vivir, vivir a pesar de todo»... Ese todo es demasiado. Incluso para recordarlo. Huérfana a los dos años, ingresó en la intemperie de la calle hasta que alguien la llevó a un orfanato. Allí estuvo hasta que decidió emigrar a República Dominicana y trabajar de manera lacerante a cambio de un lugar en el que guarecerse. «En una ocasión, en Santo Domingo, conocí a una mujer canadiense. Me prometió trabajo en su país, pero sus intenciones no eran buenas», explica mientras clava su mirada en el suelo. Es una de las voluntarias de Cáritas la que acaba la frase. «Quería quedarse con su corazón»...
El grupo de voluntarios es absolutamente plural, pero todos son mujeres y, la mayoría, jubiladas. Amas de casa, profesoras, una médico, una enfermera, y una administrativa «empeñadas en esta tarea de hacer la vida más alegre y feliz, compartiendo sus vidas». Quien así se expresa es una de ellas, Conchita Amez, que colabora con Cáritas desde hace seis años y asegura que su labor principal es de escucha. «Compartimos sus problemas y dificultades, pero también sus alegrías, porque una de las necesidades más acuciantes de estas mujeres es que alguien las escuche».
Como Elsabe, la más veterana, la que convive con sus dos hijos que, a pesar de haber nacido en España, no tienen la nacionalidad. Al renovar su documentación, le dijeron que no podía hacerlo porque su sueldo era inferior a los 800 euros. Así que dos niños nacidos en España hace ocho y cinco años respectivamente, siguen aún en tierra de nadie. «¿Qué son mis hijos para este país?», se pregunta Elsabe, que conmina a los políticos a reflexionar acerca del limbo legal en el que viven miles de niños en España. Aunque ambos están escolarizados y tienen derecho a la Sanidad, sus medicamentos «no entran por la Seguridad Social», con lo que Cáritas se encarga de pagarlos. Elsabe salió de Angola en 1999 rumbo a Portugal. Ha estudiado informática y recursos humanos, psicología, ha hecho prácticas en hospitales con enfermos oncológicos... pero no puede trabajar en España, no hasta conseguir los papeles, papeles sin los que su vida sigue en stand by. .. «Quiero que mi hija estudie Medicina y que el niño sea policía»...