El hábito que pesó más que el ejercicio, la dieta y las pantallas en un nuevo estudio con adolescentes
Emerge como el hábito más estrechamente relacionado con su funcionamiento académico y social, por delante del tiempo de pantalla, la actividad física y la dieta en un nuevo análisis científico
La calidad del sueño destaca como el hábito más relacionado con el funcionamiento académico y social de los adolescentes, según un nuevo estudio que también analizó ejercicio, dieta y tiempo de pantalla.
Dormir bien puede tener bastante más importancia en la adolescencia de la que sugiere esa imagen tan habitual del joven que se acuesta tarde, recupera horas el fin de semana y funciona a base de despertadores. Una nueva investigación publicada en Psychological Medicine ha puesto el foco en cuatro pilares del estilo de vida (calidad del sueño, tiempo de pantalla, actividad física y dieta mediterránea) y uno sobresale con claridad: el sueño fue el factor que mostró las asociaciones más fuertes con el funcionamiento académico y los problemas sociales de los jóvenes, especialmente cuando existían síntomas de ansiedad, depresión u otras dificultades psicológicas.
El estudio no demuestra que dormir mejor cure la ansiedad, elimine la depresión o garantice mejores notas. Tampoco permite concluir que el sueño sea, en términos generales, "más saludable" que hacer ejercicio o comer bien. Lo que muestran los investigadores es que, dentro de este análisis concreto, la calidad del sueño fue el factor que explicó una mayor parte de la relación estadística entre determinados problemas de salud mental y el funcionamiento posterior de los adolescentes. Y esa diferencia cambia la conversación.
El sueño en adolescentes destaca frente a ejercicio, dieta y pantallas
Los investigadores trabajaron con datos de tres oleadas del gran estudio estadounidense Adolescent Brain Cognitive Development (ABCD), siguiendo a jóvenes cuando tenían aproximadamente entre 10 y 13 años. Examinaron cómo cuatro factores modificables del estilo de vida podían mediar en la relación entre síntomas de depresión, ansiedad, experiencias de tipo psicótico y problemas generales, por un lado, y el funcionamiento académico y social posterior, por otro.
Los resultados son especialmente interesantes por su magnitud. La calidad del sueño medió aproximadamente un 18,5% de la relación entre depresión y funcionamiento académico y un 36,3% de la relación entre ansiedad y funcionamiento académico. En el caso del malestar asociado a experiencias de tipo psicótico, la cifra fue del 8,3%. Para los problemas sociales, el sueño fue además el único de los cuatro hábitos cuya mediación superó el 3%, con valores situados entre el 19,6% y el 23,3%.
El tiempo de pantalla quedó como el segundo factor más relevante para el funcionamiento académico, mientras que la actividad física y la dieta mediterránea presentaron asociaciones menores en este análisis. Eso no convierte al ejercicio o la alimentación en secundarios para la salud adolescente. Cuando los investigadores intentaron entender qué hábitos ayudaban a explicar el vínculo entre salud mental y funcionamiento cotidiano, el descanso destacó sobre los demás.
El sueño en adolescentes no se reduce a contar horas
Aquí aparece una distinción importante para las familias: cantidad y calidad no son exactamente lo mismo. Un adolescente puede pasar suficientes horas en la cama y, sin embargo, tener un descanso fragmentado, horarios muy irregulares o dificultades para conciliar el sueño.
La American Academy of Sleep Medicine recomienda que los adolescentes de entre 13 y 18 años duerman regularmente entre ocho y diez horas cada 24 horas. Para los niños de 6 a 12 años, el intervalo recomendado asciende a entre nueve y doce horas. La propia organización recuerda, además, que un sueño saludable depende no solo de la duración, sino también de factores como la regularidad, el horario, la calidad y la ausencia de trastornos del sueño.
Por eso, una pregunta como "¿duerme ocho horas?" puede quedarse corta. También importa cómo duerme, cuándo duerme y con qué regularidad lo hace.
La adolescencia, además, coincide con cambios biológicos importantes en los ritmos de sueño. UC Davis mantiene líneas de investigación específicas sobre cómo se transforma el sueño a lo largo de la infancia y la adolescencia y sobre su relación con la cognición, la memoria, la vigilancia y el propio desarrollo cerebral.
El sueño en adolescentes cambia cuando desaparecen las rutinas
Las vacaciones son un pequeño laboratorio doméstico. Se retrasan las cenas, desaparece el despertador, aumenta el ocio nocturno y el móvil permanece más tiempo cerca de la cama. Dormirse y levantarse varias horas más tarde puede terminar desplazando el horario de sueño, aunque el adolescente aparentemente siga acumulando suficientes horas de descanso.
El problema suele hacerse visible cuando hay que recuperar bruscamente el horario escolar. Los especialistas en sueño llevan años recomendando que esa transición sea progresiva, porque adelantar de golpe un horario consolidado puede resultar difícil.
Y las pantallas forman parte inevitable de la ecuación contemporánea. No solo porque en el nuevo estudio ocuparon el segundo puesto entre los factores analizados para el funcionamiento académico, sino porque el uso digital se ha convertido en una parte central del ocio adolescente.
Uno de los hallazgos menos evidentes del nuevo trabajo es que el contexto familiar, económico y escolar modifica estas relaciones. Los efectos mediadores del sueño y del tiempo de pantalla sobre el funcionamiento académico fueron menores cuando aumentaba la adversidad económica. En cambio, la relación del sueño con los problemas sociales adquiría más peso cuando empeoraban factores como el conflicto familiar, las dificultades económicas o el entorno escolar.
Es una precisión importante porque evita convertir el descanso en una nueva obligación individual para las familias. Decirle a un adolescente "duerme más" puede resultar insuficiente cuando detrás existen ansiedad, conflicto familiar, dificultades económicas, presión académica o problemas de integración social.
De hecho, esa es probablemente una de las conclusiones más interesantes del estudio: los hábitos saludables no existen aislados de las circunstancias en las que vive el menor.
Dormirse tarde algún día, levantarse al mediodía durante las vacaciones o necesitar más descanso después de una semana intensa no equivale automáticamente a tener un trastorno del sueño. La señal relevante aparece cuando los problemas son persistentes y empiezan a interferir con el funcionamiento cotidiano.
Un cambio mantenido en el descanso acompañado de somnolencia durante el día, dificultades significativas de atención o aprendizaje, alteraciones importantes del estado de ánimo o problemas para funcionar con normalidad merece ser valorado con un profesional sanitario. La AASM recuerda que dormir de manera habitual menos de lo recomendado se asocia con problemas de atención, comportamiento y aprendizaje, además de con distintos riesgos para la salud.