Un clima que se presenta hostil para las terceras vías
La polarización de la campaña ha dejado a las opciones menos extremas poco espacio para competir en las urnas.

Un operario ultima los preparativos.
En un esfuerzo de última hora para conjurar la amenaza de ruptura del Reino Unido en el referéndum sobre la independencia de Escocia, el primer ministro conservador, David Cameron, y los líderes de los otros dos principales partidos británicos, el laborista Ed Miliband y el liberal Nick Clegg, firmaron hace poco más de un año una carta conjunta en la que se comprometían a ampliar las competencias políticas, fiscales y sociales del autogobierno escocés. Aquella apuesta apresurada por una tercera vía —que, en todo caso aún está por concretar— fue clave, según los análisis más extendidos, para la derrota de los independentistas.
En España quienes optaban por algo similar para encauzar la crisis territorial de Cataluña, sin embargo, se han quedado colgados de la brocha.
Las elecciones que se celebran hoy en Cataluña no son un auténtico plebiscito sobre la secesión, algo legalmente inviable conforme a la Constitución, pero Artur Mas y su candidatura de Junts pel Sí han logrado lo que pretendían: un debate tan polarizado entre partidarios y detractores de la independencia de Cataluña, que quienes se sitúan en las medianías y trataban de hablar de cuestiones más propias de unas autonómicas, como el modelo social -fundamentalmente el PSC y Unió, pero también la lista formada por Podemos, Iniciativa y Esquerra Unida, Catalunya sí que es Pot- han tenido serías dificultades para hacer oír sus discursos, que en lo territorial hablaban sobre la posibilidad de un nuevo encaje en España vía reforma constitucional.
El candidato del PSC, Miquel Iceta, suele dar una explicación racional del asunto. Los independentistas han instalado la idea de que el Estado propio es una solución «mágica» a todos los problemas de los catalanes. «Yo no engaño —dice— lo nuestro no es nada fácil y costará; no vendo un crecepelo». A eso se une el que los socialistas no tienen poder ni en las Cortes Generales ni en el Parlamento catalán. De modo que es difícil que logren aglutinar el voto útil de quienes no quieren ruptura, pero tampoco inmovilismo.
En ese campo, Ciudadanos, con un discurso mucho más inequívoco frente al nacionalismo, le ha ganado terreno y, aunque a distancia de Junts pel Sí, nadie duda de que será segunda fuerza.
A Podemos, que hace menos de un año parecía tener un alto potencial de crecimiento, también le ha pasado factura su indefinición. Posiblemente, más aún que al PSC, porque las encuestas le sitúan como tercera o cuarte fuerza política, muy lejos de su ambición de ser alternativa a un Gobierno de Mas. Su intento de romper la dialéctica independentistas-no independentistas para hablar de corrupción y políticas sociales pronto se destapó vano. Y en lo que a la unidad de España se refiere ha resultado demasiado confuso. Catalunya Sí que es Pot defiende la celebración de un referéndum sobre la independencia; una consulta en la que Pablo Iglesias haria campaña por el ‘no’ y el candidato de su lista a la Generalitat, Lluís Rabell, por el ‘sí’. Eso sin contar con que el resultado no determinaría nada y sólo podría dar paso a una reforma de la Constitución cuyo contenido y alcance jamás ha esbozado siquiera el líder de la formación.