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León

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En el filo | antonio papell

Los plácemes de Ferraz -desde Rodríguez Zapatero al nuevo secretario de Organización, Marcelino Iglesias, pasando por José Bono- al anuncio oficial del PSC de que no se repetirá el -˜tripartito-™ en Cataluña son bien expresivos. Miquel Iceta, viceprimer secretario de la organización catalana, oficializó esta posición en la Ejecutiva socialista del pasado lunes, horas después de que el propio Montilla la anunciara en Cataluña. Hay sin embargo serias dudas sobre el significado y el trasfondo del cambio de parecer de Montilla, quien ya en 2006 descartó a priori la reedición del -˜tripartito-™ que en 2003 había concertado Maragall. Lógicamente, todos los actores de la política catalana han afeado a Montilla aquel renuncio, que hoy le resta toda credibilidad. De cualquier modo, el argumento que ha esgrimido el todavía presidente de la Generalitat para renunciar al pacto es sólo circunstancial: el PSC no puede renunciar a sus propias ideas ni aceptar por tanto las veleidades soberanistas de sus actuales socios, ERC e IC, que pretenden auspiciar la celebración de un referéndum soberanista.

Resulta conmovedor que Montilla acabe apenas de darse cuenta de que ERC es una organización independentista, asamblearia, y que IC, fundada sobre la memoria del viejo PSUC, también participa de los anhelos soberanistas del sector más radical del catalanismo. Bien está, en definitiva, que el socialismo catalán se desmarque tan tardíamente del nacionalismo identitario que ha generado cierta patológica efervescencia en la política catalana en los últimos siete años; sin embargo, sería bueno que este viraje táctico, que persigue claros objetivos electorales, se convirtiera en una profunda rectificación estratégica.

La posición actual del PSC es dramática: tras el nuevo Estatuto de Autonomía y su ulterior poda por el Tribunal Constitucional, el alma mayoritaria y oficial del PSC se siente abandonada por el sector más catalanista, después de la deserción de sus antiguas bases populares, socialdemócratas, obreristas, expulsadas por la deriva nacionalista de Maragall. Las encuestas, que auguran una verdadera y merecida catástrofe para el PSC, no hacen sino poner de manifiesto lo que importantes sectores intelectuales catalanes -el que dio a luz -˜Ciutadans-™, por ejemplo- ya denunciaron en su día: el sacrificio de la sensibilidad socialdemócrata en el altar del catalanismo rampante, del sentimiento identitario. Y Montilla está intentando ahora a la desesperada el rescate de su antigua clientela.

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Zapatero, Rubalcaba y Jáurequi acudirán a la campaña catalana, a tratar de dar verosimilitud al viraje del PSC. Es improbable que lo consigan porque el cambio personal de Montilla resulta poco creíble. El reencuentro del socialismo catalán con sus bases requiere bastante más que un simple cambio de indumentaria en quienes las han llevado a la esquizofrenia y al desconcierto. No es verosímil, en fin, que quien, siendo presidente de la Generalitat, encabezó hace poco una manifestación popular contra una sentencia del Tribunal Constitucional, actúe ahora como el gran promotor del autonomismo, del encaje pacífico y fecundo de Cataluña en España.