Los sonidos del silencio
C uando alguien me espeta «tengo una buena noticia y otra mala. ¿Cuál quieres que te diga primero?» buscó con la mirada la salida de emergencia, incluida la ventana. Pues hoy tengo dos posibles temas sobre los que escribir, pero no resultan compatibles, ni siquiera por el socorrido recurso del punto y parte. He de decantarme. La buena noticia trata sobre el triunfo de la amistad, la mala acerca de la impotencia emocional. Me quedo con la buena. Para qué voy a aburrirles con Pablo Iglesias y su incomprensión de lo que representaba ese minuto de silencio por Rita Barberá. No soporta que la atención mediática recaiga sobre quien no sea él. Quiere ser el muerto en el entierro, el viudo y la viuda, la familia y los desconsolados amigos, el iceberg y el Titanic. Esos sesenta segundos no conllevaban aplauso ni condena, sí una manifestación de duelo por tan inesperada pérdida, que la gran mayoría lamenta. Iglesias va en mangas de camisa a ver al rey, pero posa con pajarita para la portada de Vanity Fair , que tiene poco de Mundo Obrero . Que le den morcilla, pero no de la de aquí.
Me quedo, pues, con la buena noticia. O sea, con la fiesta sorpresa que la familia de Marquitos le organizó por los 60 años de Bodega Regia. Todos los presentes fuimos cómplices para que no lo sospechase. Un homenaje de entrañable sencillez, que contó con la excelente voz de nuestro crooner Doctor Bogarde. El director del Diario de León, Joaquín Sánchez Torné, le hizo entrega de un obsequio. Y escuchamos una grabación de Pedro Trapiello. Estuvieron muchos de sus colegas, pero también las autoridades: Antonio Silván, Juan Martínez Majo, Juan Carlos Suárez-Quiñones, aunque allí no había más galones que los del bodeguero. No faltaron las croquetas, ni la mejor sopa de ajo que he probado.
Bien pensado, creo que algo permite relacionar la mala noticia y la buena. Cuando Marquitos apareció no sabía que nos iba a encontrar allí, por lo que se nos pidió a todos los presentes silencio para que la sorpresa fuese mayor. Los leoneses somos de mutismo estruendoso. Con gran alegría liberadora gritamos al unísono: «¡Sorpresa!». Los afectos hay que proclamarlos en vida. Pues como dijo Hamlet antes de dar el último suspiro: The rest is silent .