TRIBUNA
Operación bikini
La llegada del verano está próxima y, con ella, el sufrido malestar de quitarnos la ropa de abrigo y evidenciar los michelines que nos sobran. La cultura del bienestar en la salud lo ha invadido todo, pero detrás de estos nobles objetivos, para estar cada vez más sanos, se agazapa de soslayo la preocupación que la mayoría tenemos con nue stra imagen. Y es que la publicidad no nos ayuda a aceptar lo que somos y cómo lo somos. Parar en un semáforo y encontrarnos con los cuerpos danone de las modelos de El Corte Inglés nos lleva a pensar que aún estamos a tiempo de empezar esa dieta que ha fracasado tantas veces y que todos los lunes abordamos con entusiasmo efímero. Comenzar las semanas cercanas a los meses de verano nos pone ante el deseo más evidente de querer igualar a las jovencitas anoréxicas de las playas o a las que en la ciudad enseñan más de lo que sería bonito imaginar. Irremediablemente queremos prolongar la juventud, ese divino tesoro que no queremos perder y cuyo exponente más inmediato es el cuerpo. Mantenemos la ilusión de estar a tiempo de coger nuestro tren. Sentimos que las posibilidades de gustar al resto mejorarán con la pérdida de esos kilos que son los responsables de añadir años, o evidenciar los que se tienen, a nuestra imagen. Y comenzamos la carrera acelerada, imposible y desesperante de la dieta de la alcachofa o de la verdura cocida o licuada más que por las vitaminas que nos aportan por la capacidad de encoger nuestro vientre y estirar nuestra cara. El drama llega cuando frente al vino del mediodía tenemos que renunciar a la deliciosa tapa que lo acompaña, tan singular e insustituible en la costumbre de nuestra región. Entonces, de repente, nos parece que la meta es imposible y que de cualquier forma no lograremos perder lo que nos sobra en tan poco tiempo. Justificación que con la que nos perdonamos momentáneamente para culparnos más tarde y con más fuerza. Los días calurosos llegan para recordarnos que abrir el armario es destapar la caja de Pandora para cerrarla inmediatamente atrapando los deseos de achicar nuestro volumen y seguir cabiendo en aquellos deliciosos pantalones blancos o en el vestido de gasa que tan increíbles nos hacía ante el espejo; ese mismo que ahora nos delata y obliga a desear lo inalcanzable. Y aunque la obesidad ha sido, desde hace bastante tiempo, más condenada por la sociedad en su conjunto en la mujer (quede claro que las primeras verdugos somos nosotras misma para con las demás), tampoco los hombre se libran de alcanzar la conquista de una imagen de gimnasio. Músculos marcados, vientre plano y tableta de chocolate en el tórax es el triángulo perfecto para el ejecutivo de oficina o el profesional libre que mantiene una vida social más allá de la obsesión por su trabajo diario. Gustarnos a nosotros mismos es la primera motivación para salir a la calle no sólo con una cara tersa donde las cremas alisen las arrugas del tiempo, sino también con un cuerpo más o menos ajustado a los absurdos cánones estéticos del mundo en el que vivimos, en el cual la cultura del lo «mínimo» se hace presente a cada paso. Al igual que la economía reductora se impone en el lenguaje (basta revisar los mensaje de móvil o las conversaciones de Messenger), lo hace también en el esfuerzo con el que acometemos las tareas de cada día, o en aquello que debiéramos llevarnos a la boca. ¡Qué diferente sería si nos encontrásemos en el sigloXVII teniendo como modelo de deseo cuerpos cómo el de las Tres Gracias de Rubens!. Sus voluminosos cuerpos eran voluptuosos y sugerentes para la estética del momento. Ello nos lleva a pensar que la belleza no está en los objetos que la sostienen, sino en los ojos del que mira y en el época histórica que lo hace. Nos ha tocado, por desgracia para muchos, una período en el que «no tener» es mejor que «ofrecer», dónde la línea se impone a la curva, lo plano al bulto y lo ceñido a la dimensión. No sé si estamos a tiempo o no de comenzar la dieta del bikini o si queremos siquiera hacerlo, a pesar de desear tener un cuerpo diez según la nota de los esteticistas del momento. Posiblemente, después de todo, estas pretensiones queden en un sueño de eterno retorno del que no nos podemos librar sin ayuda. Y no la encontraremos en los escaparates, ni en los anuncios de las campañas publicitarias avisando de la llegada de las vacaciones, ni en los percheros de las tiendas, ni en las revistas de moda y menos aún en las del corazón, en las cuales parece que el tiempo se ha congelado cuando observamos el cuerpo oriental y la cara petrificada de una Isabel Presley más joven que sus hijas más pequeñas. El reclamo último siempre es la conquista de esa felicidad que todos buscamos de forma interminable y a la que todo rinde su culto. Tan bien le ha ido a la filipina en la vida que su imagen nos lleva irresistiblemente a pensar que en lo liviano está la elegancia que triunfa. A cada paso advertimos que en la nueva estética de lo imperceptible está el éxito. Solamente tenemos que acercarnos a la cocina de diseño de Ferrán Adriá para darnos cuenta de que además de no haber materia física posible de engorde en sus platos, la ausencia de volumen parece introducirnos en un mundo etéreo dónde la espuma, lo gaseoso y la burbuja hacen de la cocina tradicional un grotesco amasijo de platos sólo dignos de quienes tan apartados de la distinción aún son moradores del pueblo llano, donde la mayoría nos encontramos. Por ello, al final nos conformamos con estar informados sobre los beneficios de la dieta mediterránea, siempre ligera pero no aérea y de la importancia de limitar la cantidad ligada a los favores que hará a nuestra salud para controlar el colesterol o la presión arterial. Si a todo ello logramos añadir una dosis de sensatez en lo que al ejercicio de a pie se refiere, sin obsesionarnos con el gimnasio y sus aparatos, y sazonarlo con dormir las horas necesarias libres de angustias, habremos encontrado la receta idónea para mantener nuestro cuerpo en la línea de la salud compatible con la autocomplacencia y el equilibrio. Nuestro armario nos abrirá sus puertas para que podamos comprobar que aún nos siguen valiendo los modelos del año pasado y que de, no ser así, no habrá problema para sustituirlos por otros que seguro encontraremos sin la obsesión de tener que meter nuestro cuerpo en dos tallas menos. Tal vez, lleguemos a la conclusión de que la filipina gasta todas sus energías y su mucho dinero en mantener el artificio de una imagen que más allá del recuerdo de su bienestar económico, nos dice muy poco.