Diario de León

Miel de Omaña como ejemplo de que el campo también es para los jóvenes

El Ministerio de Agricultura recoce a Los Izanes como explotación modelo en España

Raquel y Nacho, en uno de los colmenares de Los Izanes.

Raquel y Nacho, en uno de los colmenares de Los Izanes.ÁNGELOPEZ

Ana Gil
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León

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Nacho y Raquel son el alma de Los Izanes, la marca de miel que late en plena Reserva de la Biosfera de Omaña y Luna. Son jóvenes y emprendedores en el medio rural, en principio territorio hostil para empezar un negocio pero también con ventajas, porque no todo el mundo puede presumir de trabajar en un entorno natural privilegiado como este, en el que la despoblación y los robles son señas de identidad. También lo es la naturaleza. Aquí no hay contaminación y es el lugar en el que Nacho decidió continuar con la tradición familiar de la apicultura.

Tercera generación

«No sé si nosotros elegimos el sitio o fue él el que nos eligió a nosotros», apunta desde la seguridad que le da ser la tercera generación. Se decidió en 2007 y hace dos años comparte titularidad con Raquel, con quien tiene más de 500 colmenas. Juntos son Los Izanes, un trabajo «de todo el año». Recuerdan el fuego del verano y la huella que ha dejado. Las llamas no afectaron a sus colmenas; al menos directamente porque el daño está. Los incendios de Fasgar y Garaño estuvieron cerca y sus efectos se han hecho notar. «Las abejas, si hay humo, se comen el interior de las colmenas», explican mientras aseguran que «ha habido mucho miedo y, si algo no cambia, va a seguir pasando; no es una simple anécdota de 2025».

Tienen claro que la despoblación supone un peligro y que, unida a la alta densidad de materia orgánica en la zona, es una bomba de relojería que detonó el pasado agosto. Sin olvidar, añaden, que «desde el 2008 se ha ido recortando de todo». También influye que «los inviernos ya no son inviernos y eso se nota mucho en la miel y en la floración porque se acortan los procesos».

Mientras las abejas hacen su trabajo, Raquel y Nacho se dedican al suyo, buena parte del cual transcurre en la nave de Soto y Amío. Ambas labores están entrelazadas, pero «la miel no solo depende de tu trabajo, sino que está sujeta a otros factores como las enfermedades». Aunque su día a día discurre en plena reserva de la biosfera, el problema de la falta de tiempo también aquí es una realidad. Les sobran ideas, pero el reloj manda.

Los Izanes ha ido creciendo despacio, como el entorno. El ritmo entre colmenas es claro y la naturaleza marca el paso mientras aporta calidad al producto. Entre miel, polen, mielatos o propóleo se desarrolla una producción propia que se ha hecho con la confianza del consumidor. De ahí, el reconocimiento del Ministerio de Agricultura como una explotación modelo dentro del programa Cultiva 2024, un tributo oficial que Nacho y Raquel han recibido «con mucha sorpresa». Es el fruto dulce de un trabajo que también tiene un toque amargo. «Lo más complicado es luchar contra factores externos como las trampas de la competencia o la 'vespa velutina'», argumentan. Contra esta última «no se ha hecho nada porque cuesta dinero y no es una prioridad para la administración», a quien acusan de «falta de implicación y responsabilidad».

De Los Izanes salen productos a otros países como Francia o a Holanda. La producción de este año ha sido la peor de las últimas cinco décadas después de la de 2017, pero saben hacer frente a los retos y a lo que está por venir. Un panorama que «va a cambiar mucho en los próximos años por el cambio climático y por las enfermedades». Retos de un sector cada vez más profesionalizado, formado e inquieto que oscilará, cada vez más, entre lo gourmet y el producto de supermercado, en su opinión. Y es que es importante saber diferenciar uno y otro y Nacho da algunas claves para distinguir la miel de calidad: que cristalice y un precio por kilo a partir de nueve o diez euros en tienda.

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